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Sin pensar en su limitación auditiva,
estos jóvenes quieren convertirse en actores. Ensayan los lunes,
miércoles y viernes en la noche, durante su tiempo libre.
Foto: Alejandro Jaime Carrillo. Lunes 2 de junio de 2003.
Cuando
la actuación no necesita palabras.
Bajo la dirección del actor Alfonso
Ortiz, un grupo de ocho personas sordas trabaja en el montaje de una obra
que recuerda el descubrimiento del fuego. En 45 días la presentarán
al público.
Katherine Dorsonville es sorda de nacimiento. Ella, una diseñadora
gráfica y empresaria de la ropa de 30 años, decidió
hace tres meses seguir los pasos de su padre, Carlos, en la actuación
sin importarle sus limitaciones físicas.
Ella, después de reunir a un grupo de ocho personas cercanas con
problemas auditivos, se contactaron con el reconocido formador de actores
de teatro y televisión a Alfonso Ortiz, quien se había conocido
con su padre hace 25 años, cuando estudiaban teatro en La Mama,
para que la orientara en sus primeros pasos.
Entre todos llegaron a un acuerdo: sacar adelante un proyecto para demostrar
que a la hora de hacer teatro no hay limitaciones. "La autoestima
es lo más importante. Somos capaces y quiero demostrar que podemos",
dice Katherine.
El primer montaje probablemente llevara el nombre de 'La era del fuego',
pero el grupo, conformado por profesionales y universitarios, interpreta
en la obra a los antepasados que descubrieron este elemento. La elección
no fue gratuita. La obra no tiene parlamentos y en los 15 minutos que
dura los improvisados actores se valen de gestos, ruidos y señas
para transmitir el mensaje. En 45 días, si todo sale bien, exhibirán
su obra al público.
Alfonso Ortiz, protagonista detrás de bambalinas, sabe que a los
sordos debe tratarlos normalmente. "Si descubro un talento, ¡claro
que lo impulso!. Uno nunca sabe, mas adelante vendrán personas
con diferentes limitaciones y ahí veremos qué nos inventamos',
dice Ortiz que también sufrió un proceso de aprendizaje
para hacerse entender.
Las clases son los días lunes, martes y miércoles. Ellos,
eligieron el horario nocturno debido a sus varias ocupaciones.
Las lecciones requieren de concentración total. Una de ellas, Andrea
Carolina Muñoz, es la encargada de transmitir con señas
las indicaciones de su director, Mauricio Casterblanco (alumno de Alfonso
Ortiz). Unos pocos lo miran fijamente para leer sus labios y recibir las
indicaciones directamente. Otros, observan a algún compañero
para que les haga la traducción en el lenguaje que ellos utilizan
cotidianamente.
Casterblanco, que no tiene ningún tipo de limitación auditiva,
dice que es mucho mejor trabajar con sordos ya que su nivel de concentración
es mayor que el de las personas normales. "Yo les digo una vez la
indicación y ellos entienden. En cambio, con los otros actores
hay que tener más paciencia".
Los 30 días que llevan trabajando en el montaje de la obra ha unido,
aún más, al grupo de amigos. Sin embargo, ellos se mantienen
un poco aislados del resto ya que conocen el temor de las personas para
comunicarse con un sordo. "Unos piensan que deben hablarnos duro
y otros con señas. En la mayoría de los casos creen que
nos ofendemos porque no saben comunicarse con nosotros", dice Rosa
Mejía.
Para María Alejandra Pardo, la oportunidad que ahora tiene le ha
permitido superar en algo sus deficiencias auditivas y mejorar su manejo
corporal. ''Quiero sacar adelante el teatro para sordos, no sé
cómo, pero lo haré'', dice.
Por ahora, esta historia no tiene fin. Más adelante, cuando el
montaje sea una realidad, se sabrá si tanto esfuerzo valió
realmente la pena.
JUAN GUILLERMO FALKONERTH ROZO
Redacción Código de Acceso (*)
Fuente periodico EL TIEMPO
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