80 años CIESOR.

Actualizado: 7 de marzo de 2005
Medellín

Estas son las imágenes de la celebración de los 80 años de Ciesor el pasado 2 de marzo, en ellos vemos la foto de Francisco Hernández Betancur su primer fundador.

Los niños que se ven en la foto muestran su alegría por su cumpleaños.

Al iniciar el evento vemos los niños cantando con el lenguaje de señas de sus manos el himno nacional, disfrútenlas y analicen la alegría de todos.

Los pagina Web sordoscolombianos dan los más sinceras felicitaciones a todo el personal de Ciesor en su día clásico.

Historia Ciesor 1925-2005

LA ESCUELA DE CIEGOS Y SORDOMUDOS. PRIMERA EPOCA (1925-1960)

La historia de la institución ha tenido dos etapas; la primera de nacimiento y conformación, que va desde la fundación hasta 1960, (35 años), año en que el señor Francisco Luis Hernández cede su dirección a la comunidad de San Gabriel; el segundo va desde 1961 hasta 1999, un tiempo de cambios, ajustes e innovaciones educativas en el ámbito nacional, que repercuten internamente en la escuela.

UN VISTAZO A LA VIDA DEL FUNDADOR

Francisco Luis Hernández Betancur nació el 11 de noviembre de 1892, en el municipio de Fredonia, región antioqueña. Sus padres fueron Francisco Hernández y Carmen Betancur, progenitores de una familia humilde dedicada a las labores del campo. El grupo familiar lo conformaron siete hijos, cuatro hombres: Rafael, José, Salvador y Francisco Luis; y tres mujeres: María --más conocida como “Maruja”--, Carolina y Elvira. Según Lucía, primogénita de nuestro personaje, la familia Hernández Betancur vivió por mucho tiempo en aquella localidad del suroeste, trasladándose a Medellín, sólo hasta 1950.

Francisco Luis, por las dificultades económicas se educó valiéndose de sus propios medios. Desde niño empezó a ayudarle a su padre en las labores del campo y la construcción, al tiempo que cursaba los estudios primarios. Hernández ingresó al colegio de bachillerato dirigido por Julio Sanin, quien le ayudó a costear sus estudios, dándole albergue en su casa y enseñándole fotografía y música.

En 1913, los profesores del colegio fredonita y la Normal de Institutores de Antioquia, le concedieron una beca de estudio en ésta última. Durante los tres años que duraron sus actividades académicas ocupo el primer puesto en la Legión de Honor, con un promedio de cinco.

La Escuela Normal, el 31 de julio de 1916, le concede el título de Maestro Superior. Inicia labores como educador profesional en la Escuela Urbana de la Estrella; un año más tarde es nombrado director de la misma y algunos años después la Escuela Anexa a la Normal lo requiere para ser su coordinador. En 1922 y 1923 fue profesor de pedagogía, sicología y legislación escolar en la Escuela Normal de Institutores.

Desde 1923 inicia su investigación sobre la educación de los limitados sensoriales visuales y auditivos, recibiendo información de estudios hechos sobre el tema en Europa. Según sus propios recuerdos, la inquietud y deseos de saber, fue motivada por el hallazgo, en una de las calles de Medellín, de un papel sucio y ajado que contenía una foto sobre un educador que le estaba enseñando a hablar a un sordo.

De dicha investigación salieron propuestas educativas que fueron presentadas al concurso abierto por la Universidad de Antioquia con motivo de la celebración del Centenario de la Batalla de Ayacucho, bajo el titulo “El maestro del ciego y del sordomudo”, propuesta por la cual recibe un reconocimiento por parte de los jurados.

Se casó con la señora Blanca Gutiérrez, primera profesora de la Escuela de Ciegos y Sordomudos de Medellín (en la sección de niñas limitadas visuales y auditivas), en cuyo matrimonio fueron concebidos seis hijos: Lucia, Francisco Luis, Blanca Gloria (profesora de sordos jubilada), León, María, e Ignacio (el cual se encuentra en E.U.).

EL NACIMIENTO DE UN PROYECTO EDUCATIVO

Para entender el liderazgo del fundador es conveniente pensar en un conjunto de valores que él encarnaba, como la sensibilidad frente al dolor humano, su voluntad de servicio, sus deseos de innovación, así como un sentido cristiano de la vida, muy propio de la sociedad antioqueña de la época. Para comprender sus posibilidades de éxito, no debe olvidarse que su idea es puesta en marcha en una ciudad en crecimiento, industrializada, cuya dirigencia compartía los mismos valores pregonados por Francisco Luis Hernández, con relación al papel de los particulares en la solución de los problemas sociales, entre otros aspecto.

La sensibilidad de Hernández sobre la población con necesidades educativas especiales surgió desde muy joven, cuando presenció en la plaza de su pueblo natal, Fredonia el maltrato al que eran sometidos dos individuos con retardo mental, quienes por la miseria económica en la que se hallaba su hogar eran expuestos por sus progenitores a protagonizar actos bochornosos a cambio de lograr un bocado de comida. Según la reseña de la revista Semana:

“Una mañana, en la plaza de Fredonia, vio como dos bobos comían lo que les arrojaban los curiosos. Lo impresionó el espectáculo, tal vez no tanto por los bobos, sino por la brutalidad y miseria de los padres que sacaban a los cretinos para divertir a la gente a cambio de que los alimentaran por un día. Uno de los imbéciles se apodaba Sindo”.

A medida que fue pasando el tiempo, Hernández empezó a preguntarse por las posibilidades educativas que tenía esta población. Por el desconocimiento general de la sociedad sobre dichos asuntos, aquél consideraba que este tipo de obras sólo se haría realidad con el trabajo de personas con alto espíritu altruista, de civismo y de entrega a causas generosas, o talvez, de seres destinados por una fuerza divina, a ejecutar dichas obras sociales.

En los años de 1922 y 1923, cuando Hernández se desempeñaba como profesor de las cátedras de pedagogía, sicología y legislación escolar en la “Escuela Normal de Varones de Medellín (institución que le había otorgado el 31 de julio de 1916 el título de maestro superior), inquieto más que convencido de las capacidades intelectuales de los limitados sensoriales visuales y auditivos, empezó a investigar sobre educación especial, ya que “como profesor de pedagogía, nada sabía de esta especialidad”.

Con la escasa bibliografía existente, pero con la experiencia obtenida durante su profesorado en la Normal de Institutores y en la dirección de la Escuela Anexa y el deseo fervoroso de hacer algo nuevo por la educación de los limitados visuales y auditivos, se propuso elaborar un trabajo sobre esta enseñanza especial, el cual denominó El Maestro del ciego y del sordomudo.

La metodología propuesta por Hernández “[...] fue experimentada todo el año de 1924 con privados de la vista, entre ellos estuvo el joven Carlos Greiffenstein; el de los sordomudos apenas sí logró concertar a un afectado de sordera y medio afásico”. Dicho proyecto lo presentó a finales de 1924 al concurso convocado por la Universidad de Antioquia en la celebración de los cien años de la batalla de Ayacucho, ganando junto con Tomás Cadavid un justo reconocimiento académico a su reflexión pedagógica.

Aquí tenemos un fragmento del artículo sacado por El Colombiano, periódico regional que registró tal evento

“[... ]Concurso pedagógico. Premios: El jurado calificador en el concurso pedagógico lo integraron los doctores Francisco de Paula Pérez, Miguel M. Calle y Enrique Uribe O. Presbítero. Al concurso presentaron siete trabajos. El primer premio correspondió a don Tomas Cadavid Restrepo, con el trabajo titulado “Discolia de la Pubertad”, firmado con el seudónimo de “Prospero”. El segundo premio le tocó al señor Joaquín G. Ramírez, con el trabajo titulado “La Escuela Primaria”, firmado con el seudónimo de “Remy”.

Menciones:

Los diplomas de mención honorífica correspondieron a los señores Luis Escobar Naranjo y Francisco Luis Hernández B., con los trabajos “La Nueva Universidad de Antioquia”, firmado con el seudónimo de “Marcelo” y “El Maestro de Ciego”, firmado por “XX”.

Convencido de las ventajas que traería para esta población, el brindarles una instrucción técnica o artesanal, propuso incluir la educación para limitados sensoriales en la legislación antioqueña. Para ello, sugiere a la gobernación, que la ordenanza 6 de 1923 (bajo la cual se disponía la creación de la enseñanza especial) sea reglamentada por medio de un decreto y que en uno de sus artículos se ordene “la creación de una escuela para ciegos y sordomudos”. Dicha solicitud fue resuelta favorablemente a comienzos de 1925.

Si bien es cierto que la obra estuvo cargada de buenas intenciones, fue necesario que el autor le dedicara arduas jornadas de trabajo, para convencer a los dirigentes antioqueños sobre las posibilidades de educar dicha población, mostrar resultados, difundir el proyecto, pedir apoyo y reclutar estudiantes.

La misma gobernación de Antioquia, a cargo del Dr. Ricardo Jiménez Jaramillo en ese entonces, y la Dirección de Educación, a cargo del Dr. Carlos Ceballos V., solicitaron a Hernández una sustentación que respaldara su capacidad para enseñar a ciegos y sordomudos, pues lo conocían como maestro de los niños de la Anexa y como profesor de pedagogía, pero desconfiaban del resultado que daría en sus manos una escuela para ciegos y sordomudos.

Imitando, tal vez con conocimiento, las demostraciones públicas que hiciera a finales del siglo XVIII el abad francés de L’Epée, fundador de la primera escuela pública para sordos y con el propósito de difundir y recibir ayuda del Estado, la empresa privada y particulares, realizó un acto público “en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia el veintiuno de noviembre de 1925 a las cinco de la tarde”. Ese día, en medio de la multitud, efectuó el examen final a los educandos más adelantados, causando entre los concurrentes sentimientos de admiración y entusiasmo. Al respecto recuerda el fundador:

“Ese día se colocaron carteles de invitación y en ellos se decía que por primera vez en la cuidad de Medellín y en Colombia se vería un examen a ciegos y sordomudos y que los primeros leerían libros y revistas en un sistema Braille y que los sordos hablarían. Que se iba a realizar un examen sobre las materias que estudian los niños en las escuelas”.

Por su novedad e impacto causado a los asistentes del evento, dicho acontecimiento fue considerado el mejor del año. En él se apoyó el escritor y expresidente Marco Fidel Suárez para escribir “El sueño de los ciegos”, texto que, a la larga, se encargará de inmortalizar tal evento.

No obstante, sorprende que un año después de su fundación los padres no acudían a matricular a sus hijos limitados sensoriales, puesto que seguían creyendo que se trataba de un asilo. Aún no se había logrado cambiar la percepción de las personas frente a las posibilidades educativas de los ciegos y sordomudos. Además pensaban que, fuera de sus afectos, sufrirían.

Así que, una tarea tan ardua como las antes mencionadas, consistió en ubicar y convencer a los padres de familia sobre los beneficios que traería para sus hijos el recibir una educación escolar. Con dicho propósito, Hernández recorrió barrios y diferentes sitios públicos donde pudiera encontrar potenciales estudiantes. En palabras del fundador, le toco ir a los que él mismo llamaba “hospitales de los muertos” y “hospitales de los vivos”, es decir, respectivamente, “[...] los barrios de lenocinio y las cantinas, donde en la mayoría de las veces, si no está la víctima ciega o sordomuda, allí sí está la fuente de este flagelo y el de la delincuencia infantil”.

Establecida en 1926, la segunda institución, inspirada en la escuela de Ciegos y Sordomudos, fue el Instituto para Ciegos de Bogotá, cuya dirección quedó en manos de Juan Antonio Pardo Ospina. Ambos fundadores, Hernández y Pardo Ospina, a partir de ese momento asumieron su trabajo como un proyecto educativo a nivel internacional, pensando más en el cooperativismo que en los actos individuales. Para lograrlo, establecieron relaciones e intercambios con instituciones semejantes, nacionales y extranjeras.

La calidad y dimensión de los objetivos compartidos por los señores Francisco Luis Hernández y Juan Pardo Ospina, líderes principales del proceso educativo y fundacional de estos establecimientos, contemplaban desde el principio la superación de las fronteras colombianas. Por tal motivo, ambos pusieron sus ojos en países con un alto grado de desarrollo tecnológico y educativo, como lo eran las naciones europeas y norteamericanas.

Pardo Ospina y Hernández trataron de involucrar a personalidades, tanto públicas como privadas, que hubieran mostrado sensibilidad social. Atrajeron el apoyo de empresarios e industriales que pudieran aportar con recursos e ideas, a la realización de este tipo de causas humanitarias. Buscaron intensamente orientar la vida de la institución bajo los criterios de hermandad, ayuda y cooperación, en una causa internacional que superara las fronteras, uniendo esfuerzos intelectuales, pedagógicos y económicos, fusionando ideales y aspiraciones.

Bajo esta perspectiva la reivindicación social y económica o la “causa de los ciegos” denominada así por Hernández y Pardo Ospina, sería una empresa universal, capaz de superar las fronteras locales, regionales y nacionales, y cuya integración partiría de lo local hacia lo internacional. La red de comunicación creada desde un principio con sus similares europeas, según Julio Eduardo Ramírez, diputado de la Asamblea en 1926, incluía instituciones similares de Madrid, Barcelona, Bruselas y París”, demás del Instituto Nacional para Sordos en Londres, y la Brille Press de Norteamérica y París.

El intercambio de ideas, conocimientos, iniciativas y orientaciones se inició con los Estados Unidos, en el Congreso Internacional de Profesores de Ciegos, celebrado en Nueva York en 1932, al cual asistieron, en calidad de delegados colombianos Juan Antonio Pardo y Francisco Luis Hernández. En sus intervenciones éstos presentaron la legislación colombiana y Hernández fue invitado en 1940 a tomar parte en las deliberaciones sobre educación especial promovidas por EEUU, Cuba, Brasil y Uruguay, invitaciones que no pudieron ser atendidas por impedimentos económicos.

A finales de 1948 ambos personajes viajaron a España para asistir a varias asambleas de profesores y conocer las experiencias de instituciones similares. Un año más tarde, celebraron conferencias en Nueva York con Robert B. Irwin, director de la American Foudation for the Blind.

En 1947 Francisco Luis Hernández, en su calidad de director de la escuela, seguía buscando el conocimiento y acercamiento con las entidades educativas hispanoamericanas que atendían a los limitados visuales. La idea era unir esfuerzos y mejorar la calidad de vida de los faltos de la vista. La lista estaba integrada por países como Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Costa Rica, Chile, Ecuador, Guatemala, Méjico, Nicaragua, Panamá, Perú, Puerto Rico, Salvador, Uruguay, Venezuela y Colombia, países que estaban de acuerdo con la organización tiflológica Latino-Americana.

Otra expresión de los nexos entre la institución antioqueña y de su fundador con el exterior, además de su participación en congresos internacionales sobre el tema, son alusiones dispersas en su correspondencia, como aquella en la que se refiere a las similitudes entre colombianos y árabes en la forma como tratan los problemas de los limitados sensoriales. En una de sus cartas, Hernández, al hacer un paralelo entre las escuelas de ciegos y sordomudos colombianas y las de los pueblos árabes, destacaba el carácter de los hombres pertenecientes a cada una de las regiones.

El fundador de la Escuela comentaba la capacidad de los árabes para superar sus adversidades, con quienes además del carácter emprendedor, compartirían los colombianos el interés por educar a nuestros limitados sensoriales visuales y auditivos y, a pesar de las dificultades económicas. En dicha comparación, asombra la percepción general que tiene el autor sobre la concepción de las instituciones educativas dedicadas a la formación de niños con necesidades educativas especiales, fundamentalmente las de ciegos y sordomudos, entre el pueblo colombiano y el árabe. Considera admirable que en ambos pueblos no haya habido necesidad de contratar personal extranjero para asignarle la dirección de estos establecimientos educativos; así mismo, destaca la capacidad que tenemos los colombianos y los árabes para liderar y sacar adelante esta clase de instituciones.

“Qué paralelo más inconfundible; la sicología de este pueblo y la sicología de nuestras instituciones; allá su contextura física lista a resistir las mayores privaciones; aquí la misma contextura dispuesta a enfrentarse al sacrificio; allá el orgullo y la valentía, aquí el carácter y la dignidad para formar estas escuelas rehuyendo la influencia de misiones extranjeras”.

FUNDACIÓN

La educación de los limitados sensoriales visuales y auditivos, como vimos en el capítulo anterior, nace en Medellín debido a la concurrencia de seis factores, como fueron: 1) la necesidad sentida por una parte de la sociedad antioqueña de contar con una institución especializada en la educación de los invidentes y los hipoacúsicos; 2) la existencia de un marco legislativo que fomentaba este tipo de iniciativas; 3) el premio otorgado por la universidad de Antioquia en 1924 a su proyecto presentado bajo el título “El maestro del ciego y del sordomudo”; 4) el experimento educativo liderado por el señor Francisco Luis Hernández; 5) los resultados obtenidos en su etapa de experimentación inicial, y 6) el apoyo que le dieron a partir de 1925 personalidades pertenecientes a diferentes esferas de la vida pública y/o privada.

Las leyes, decretos y ordenanzas, crean la institución educativa, establecen su organización administrativa, objetivo social, crean mecanismos de financiación (como el de las estampillas, postales, pensiones, e impuestos Departamentales, gravados sobre salones, teatros, circos, hipódromos entre otros). Las mismas disposiciones crean el “Fondo de los ciegos” y permite la compra y adquisición de terrenos.

La reglamentación que le dio vida a la Escuela de Ciegos y Sordomudos, responde a las dificultades y necesidades surgidas en la marcha de la misma. Durante los primeros años se puede notar la participación de estamentos tanto regionales como nacionales, en la promulgación de una normatividad que cobijara y propiciara el desarrollo de la institución antioqueña, como de sus similares de otras ciudades colombianas, es decir, el Instituto Colombiano para Ciegos de Bogotá (1925) y la Escuela de las Hermanas de la Sabiduría, establecida en la ciudad capital por el decreto 80 de 1926.

PRIMER MOMENTO

El Departamento había expedido la ordenanza 30 de 1913, cuyo autor fue el entonces Director de Instrucción Pública, Pedro Pablo Betancourt, por medio de la cual se le adicionan funciones a la Junta Departamental de Instrucción Pública. En ella se decide asignar, en caso de presentarse tal situación, un establecimiento y un maestro para atender a una población de niños especiales, no menor de diez estudiantes. Podríamos considerar este como un primer intento de legislación, por parte de los mandatarios antioqueños con respecto a la educación especial.

Sin embargo, fue la ordenanza número seis, expedida por la Asamblea Departamental de Antioquia en 1923, la que ordenó abrir en el Departamento una escuela especial de carácter oficial, adscrita a la sección de Básica Primaria, para atender niños con deficiencia mental entre los 6 y los 15 años. Empero, no se pensó en los infantes con limitaciones visuales y auditivas, que hasta la fecha se hallaban sin una atención adecuada de sus necesidades.

Según lo establecido en la ordenanza 6, la institución estaría compuesta por un director y cuatro maestros; divide la atención en dos secciones de alumnos, es decir que por cada educador se atenderían 12 estudiantes, y en cada una de las secciones el número no podría ser superior a 25 estudiantes matriculados. Así mismo, se determina la asignación de sueldos para cada empleado, cuyos pagos, unidos a los de funcionamiento, serían cubiertos por el Departamento.

Es de notoria claridad, la referencia que hace dicha ordenanza sobre la organización del establecimiento, siguiendo para ello el modelo de las escuelas extranjeras y la Casa de Menores y Escuela de Trabajo San José, institución que al momento llevaba once años de funcionamiento. El aspecto anterior, señala la ausencia regional y nacional de instituciones similares en el país. De la misma manera podemos entender, por qué la ley 56, promulgada el dos de noviembre de 1925, crea el Instituto de Sordomudos y Ciegos en la capital, y reglamenta para su dirección la contratación de personal extranjero, designando para dicha labor a Juan Antonio Pardo Ospina, invidente bogotano y primo hermano de Mariano Ospina Pérez. Valga anotar que el director y fundador de la institución bogotana era muy conocido entre la élite capitalina, y que a sus veintidós años quedó privado de la vista, momento a partir del cual se dedicará, por el resto de su vida, a la causa de los ciegos.

El decreto 4 de 1925, por el cual se reglamenta la ordenanza 6, es mucho más preciso en lo que respecta al personal atendido. Su objeto social serán los niños varones con limitaciones sensoriales visuales o auditivas; igualmente habla de dos secciones, divididas por limitaciones sensoriales, aunque se nota en la misma, la ausencia de un diseño organizativo para la institución medellinense.

El 2 de marzo de 1925 inicia labores la Escuela de Ciegos y Sordos (CIESOR), bajo dirección de Francisco Luis Hernández, quien por entonces era el único profesor de la misma. La apertura se hizo en un espacio cedido por la Escuela Anexa a la Normal de Varones, ubicada en la Calle Boyacá, número 55 frente a la carrera Facio Lince. Según las propias memorias del director, las primeras clases las dará en los corredores de aquél edificio. A los dos aprendices con necesidades visuales especiales (NVE), que comienzan actividades, se sumarán al final otros diez estudiantes, terminando un grupo compuesto por 6 limitados sensoriales auditivos y 6 limitados visuales.

Una de las primeras reglamentaciones del país, para la enseñanza de niños con limitaciones sensoriales visuales y auditivas, se encuentra en un proyecto de ordenanza aparecido en los Anales de la Asamblea de Antioquia en 1925, en él que se establece la reglamentación de la instrucción pública del departamento antioqueño. Dicho proyecto fue presentado a la consideración de la Asamblea, por el director del ramo Carlos Ceballos a nombre del gobernador Ricardo Jiménez Jaramillo, el 26 de marzo de 1925. Con este proyecto, se pretendía plantear los objetivos de las escuelas dedicadas a esta labor, el tipo de atención prestada, el personal de la escuela. Igualmente, propone en un futuro, nombrar profesores auxiliares entre los mismos “anormales”, discapacitados visuales o auditivos, que hayan sido adiestrados en alguna ciencia o arte. La escuela funcionaría anexa a la Normal de Varones de Medellín.

Durante el primer año escolar, don Francisco Luis Hernández cumplió dos jornadas diarias; atendía los limitados auditivos en las horas de la mañana y a los limitados visuales en la tarde. Por los resultados obtenidos se ganó la credibilidad y reconocimiento por parte de personalidades y entidades públicas y privadas, reconocimiento que le posibilitó la continuación de las actividades académicas para el año de 1926.

Al parecer, este primer triunfo permitió que se pensara en grande y a movilizar a favor de esta causa educativa y de reivindicación social de los limitados sensoriales visuales y auditivos, a un buen número de entidades públicas y privadas. Así lo demuestra la información extraída de los Anales de la Asamblea de Antioquia de aquellos años.

Por ejemplo, un proyecto de ordenanza presentado a la consideración de la Asamblea por el diputado Julio Eduardo Ramírez, en su sesión del día 3 de marzo de 1926, aprobado y convertido en la ordenanza 20 del 7 de abril, entre los argumentos dados por el ponente en su exposición de motivos reconoce el buen desempeño obtenido durante el primer año de trabajo de la Escuela. Resalta la importancia de la escuela para la reivindicación social de los educandos a través del estudio y el trabajo arduo; las posibilidades de que en un futuro los estudiantes limitados sensoriales se volvieran protagonistas de la educación de sus propios pares; los conocimientos logrados por la escuela y la importancia de sus saberes para la capacitación de los maestros sobre este tipo de educación. Por último el diputado considera que el Departamento estaba llamados a darle apoyo a la institución como un reconocimiento a su labor y proyección a escala local, nacional e internacional. Por demás recordaba que “Durante su primer año [la Escuela] sostuvo correspondencia con los institutos de Madrid, Barcelona, Bruselas y París”.

Dicho proyecto se aprueba sin cambios y modifica la número 6 de 1923. Entre otros, autoriza el aumento del personal laboral que integraba la institución; la participación de un médico en el proceso educativo; la asignación de sueldos a empleados según las funciones asignadas, los cuales serían pagados por el Departamento de Instrucción Publica; el ingreso de niños y jóvenes de ambos sexos; el aumento del rango de edades para ingresar de seis a veinticinco años (antes eran de seis a quince); el establecimiento del internado para aquellos educandos más pobres, y se determina la conformación de una junta, la cual se encargaría de los manejos financieros. Nótese que hasta el momento no se ha tratado el tema de la Junta Directiva, su conformación y funciones.

En la reglamentación de dicha ordenanza, expedida el 29 de abril del mismo año (1926), por medio del decreto 41, se hacen modificaciones a la misma. Plantea la necesidad de brindar atención exclusiva a alumnos varones y la adjudicación de becas sólo a residentes del Departamento de Antioquia. Reglamenta el pago de pensiones por parte de estudiantes internos y externos y se dan los parámetros bajos los cuales se conforma la Junta Directiva, cuyo nombramiento le fue asignado a la Gobernación. A partir de este momento, la escuela se va estructurando y toma forma como institución educativa que presta sus servicios a jóvenes y niños con deficiencias visuales y auditivas. Pero, por las características del personal atendido y las posibilidades educativas de los dos grupos, se hará más énfasis en el primero.

LA JUNTA DIRECTIVA.

La Escuela de Ciegos y Sordomudos de Medellín funcionó desde 1925 a 1960 con juntas directivas integradas por el Director fundador, el nombrado Secretario de Educación del Departamento, un tesorero-secretario de la institución y dos o tres “personas honorables” de Medellín. La junta se podía renovar periódicamente sus miembros, a petición de los mismos, aunque era un hecho poco usual. No rendían cuenta a los órganos competentes oficiales; los presupuestos eran estudiados por los miembros de la Junta, quienes daban el visto bueno.

En sus comienzos, gracias a la ordenanza número 20 de 1926, se reglamentó la conformación de dicha junta, la cual era designada por el gobernador y estaba encargada, en forma casi exclusiva de los manejos de las finanzas de la escuela. Esta integrada por el director de la escuela y un subdirector con funciones de tesorero.

En el decreto 41, del mismo año, se definen ciertos cambios en la organización y funciones de la Junta. Éste reglamenta la ordenanza 20, se le asignan las labores al tesorero y se explica la conformación de la Junta Directiva de la escuela. Según dicha resolución, la Junta estaría compuesta por “[...] el Director General de Instrucción Pública, quien la presidirá, del Director de la escuela y de tres miembros con sus respectivos suplentes que nombraría la Gobernación”.

Según el referido decreto, los tres miembros de la Junta Directiva deberían ser escogidos entre personas pertenecientes a la vida pública o que por sus acciones y prestigio tuvieran aceptación y reconocimiento en la sociedad antioqueña. Por tal motivo, éstos cumplieron un papel protagónico en la vida de la institución. Y de esta forma se garantizaba el apoyo económico y social para los proyectos propuestos por la institución.

La Junta Directiva “[...] empezó a funcionar el 27 de mayo de 1926, y las sesiones se efectuaron muy regularmente bajo la presidencia de los secretarios de educación, quienes pusieron su buena voluntad al servicio de la institución y ayudaron grandemente al Director del plantel”.

Por lo anterior, podemos entender la indignación del director Francisco Luis Hernández, cuando en 1936 la Gobernación, a cargo del doctor Cardona Santa, dicta un decreto por medio del cual destituye a dos de los miembros más prestantes de la Junta, para reemplazarlos según él “[...] por dos personajes anónimos, sin ascendiente social y sin un prestigio de civismo y patriotismo”.

Al parecer, el sistema adoptado en 1926 para la conformación de la Junta Directiva, no sólo creó inconformidad en el señor gobernador, sino también en algunos diputados de la Asamblea Departamental. Los Anales de la Asamblea de Antioquia registraron en 1936 un proyecto de ordenanza por el cual se pretendía mejorar el funcionamiento de la escuela. En él se propone que la Junta Directiva estuviera integrada por el Director de Instrucción Pública, quien actuaría como presidente; el director de la Escuela y, tres vecinos de Medellín nombrados por el gobernador para un periodo de un año. Igualmente se propone en dicho proyecto que el secretario tesorero de la Junta fuera un empleado designado por el Director de Instrucción Pública. Éste debía garantizar el manejo de los fondos con una fianza, cuya cuantía sería determinada por la contraloría. Los nombramientos de los demás empleados también le correspondería al gobernador (intentando modificar el artículo 6° de la ordenanza 20 de 1926).

Los diputados ponentes del proyecto de ordenanza argumentaban que la junta de la escuela necesitaba de integrantes conocedores del tema o que estuvieran en el ramo de la educación. Enfatizaban la necesidad de poner en manos del mandatario regional el control completo de los nombramientos. Además consideraban necesaria la renovación periódica del personal de la Junta. Dicho proyecto se convirtió en la ordenanza 39 del 15 de mayo de 1936. Ese mismo año se conformó una nueva junta y, en 1937, por petición del señor Hernández se disuelve, quedando conformada por “[...] el Dr. Manuel T. Yepes, Dn. J. Cancio Restrepo, Dn. Ricardo Lalinde, Dr. Julio Uribe Uribe, Dn. Pedro Olarte y Dr. Nicanor González Uribe”, personalidades conocidas en la vida pública de la región.

A partir de expedida la ordenanza los miembros de la Junta Directiva empezaron a ser nombrados por el gobernador, quien, en reconocimiento del liderazgo de su director y fundador, consultaba y tenía en cuenta las recomendaciones hechas por él para nombrar las personalidades que la integrarían. A partir de esta ordenanza, entre las funciones de la Junta empezó a figurar el nombramiento de los educadores y la vigilancia de la buena marcha de la Escuela.

A partir de 1943, la corporación se continuó eligiendo de acuerdo con las resoluciones número 13 de 1942, sobre funcionamiento de la Escuela de Ciegos y Sordomudos de Medellín y la número 3 de 1943. Ambas disposiciones procedieron de la Federación Nacional de Ciegos y Sordomudos, con la aprobación del Ministerio de Educación y de conformidad con el Decreto Ley 1421 y 1463, que faculta a la Federación Nacional para ejercer control y vigilancia sobre las instituciones de ciegos y sordomudos del país.

Como reflejo de las disposiciones de carácter nacional que incidió en el funcionamiento de la Escuela, en 1945 la Junta Directiva estaba conformada por el Director de Educación Pública, doctor Ramón Jaramillo Gutiérrez, quien a su vez se desempeñaba como Presidente; como vicepresidente y miembro principal actuaba, desde el 9 de marzo de 1943, el doctor Manuel T. Yepez; el otro principal era Juan Cancio Restrepo C. Recuérdese que los dos últimos participaron como miembros principales desde el 27 de mayo de 1926. Como suplentes estaban el señor Elias Uribe Uribe, el doctor Aurelio Correa Arango y el presbítero Germán Posada. Como secretario actuaba José Solís Moncada.

La Junta Directiva, por las múltiples ocupaciones del Presidente de la corporación, se reunía durante el año muy regularmente, dejando en manos del director decisiones cruciales, quien asesorado por el vicepresidente, Manuel T. Yepez, J. Cancio Restrepo y el presbítero Isidoro López, pudo sortear muchas dificultades que se presentaron durante los primeros veinte años de existencia de la institución.

Dadas las múltiples ocupaciones y problemas que rodean a un secretario de educación, Francisco Luis Hernández en 1945 propone que el Consejo Directivo de la Federación Nacional de Ciegos y Sordomudos, en unión con el Ministerio de Educación, dicte una resolución por medio de la cual dicho funcionario ocupe un cargo honorífico como Presidente de honor, y que estuviese asesorado por un Presidente activo con menos ocupaciones oficiales y con igual prestancia intelectual, moral, social y económica. Este funcionario podría elegirse dentro de los elementos de la banca, del comercio, del Club Rotario o de la Sociedad de Mejoras Públicas.

La corporación nombrada en 1943, por medio de una Resolución emanada de la Federación Nacional de Ciegos y Sordomudos, actuó hasta el 19 de mayo de 1961. Según investigaciones hechas por miembros de la comunidad de San Gabriel al recibir la dirección de la escuela, dicha junta era ilegítima, ya que dicha federación no tenía facultad para hacer tal nombramiento.

FUENTES DE FINANCIAMIENTO Y FINALIDAD DE LA ESCUELA DE CIEGOS Y SORDOMUDOS

Ganar su propio sustento y la independencia económica, a través del trabajo y esfuerzo de la comunidad de educandos y maestros, fue uno de los objetivos de la institución. Así lo expresó su fundador en un informe publicado en 1935:

“He querido siempre orientar esta institución hacia fines prácticos y resultados efectivos. No busco formar de ciegos y sordomudos individuos literatos y bachilleres; deseo formar obreros honrados, trabajadores juiciosos; individuos capaces de redactar correctamente en todo sentido una carta, un memorial, una petición, un artículo para revista o periódico.”

En la década del veinte las actividades manuales serán punto importante en las políticas dictadas sobre educación e instrucción pública. Hubo quienes relacionaran este tipo de actividades pedagógicas con la pedagogía activa; otros pidieron convertirlo en un elemento formativo importante dentro del proceso educativo brindado al estudiante. Esta actividad tendría igual valor al aprendizaje de los contenidos dispuestos por las disciplinas estudiadas en la escuela o colegio; por ello, no es raro encontrar este tipo de artículos dentro de la prensa regional. Un colaborador de La Defensa de 1925 decía, por ejemplo:

“La educación de la enseñanza a la vida real: a las necesidades de esa inmensa masa de obreros, a la solución de los problemas que la vida social presenta, al desarrollo de la riqueza del país, al comercio que cada día es más intenso, en una palabra, la orientación de los niños al trabajo serio, a la educación agrícola, al oficio manual y a la industria, es uno de los problemas de la Misión Pedagógica al reformar la enseñanza. Nos consta que así lo entienden los insignes profesores [...] Pongamos la pluma en una mano del niño; mas en la otra el azadón, o el martillo, o el buril. Esta ha de ser la educación del 80 al 90 por ciento del pueblo colombiano”.

El tipo de enseñanza propuesta por el articulista era el de una educación con una alta formación laboral en artes y oficios. Recordemos que las reformas introducidas al sistema escolar y universitario por la ley 39 de 1903, y el Decreto Ejecutivo 491 de 3 de junio de 1904 que la desarrolla, contienen las disposiciones legales reglamentarias que rigen la materia. Dichas disposiciones fueron el producto selecto de un estudio comparativo entre los viejos sistemas de enseñanza y los principios expuestos por la necesidades de la época.

La preocupación por la implementación del trabajo manual tiene en el caso de Antioquia antecedentes muy notorios en el siglo XIX y está en estrecha relación con el proceso industrializador vivido en la región.

Las actividades manuales y artesanales fueron promovidas y aplicadas en los procesos educativos brindados a la población especial. Ya Tomás Cadavid Restrepo siendo director de la Escuela de Trabajo San José notaba que “[...] los trabajos manuales, en las Escuelas para anormales son elemento primordial; desarrollan el sentido muscular, concentran la atención, perfeccionan los sentidos y son al mismo tiempo algo como una fuente de placer para el que la ejecuta”.

El decreto 4 del 27 de enero de 1925 por el cual se reglamenta la ordenanza No. 6 de 1923 no especifica bajo qué perfil y objetivos se debería educar a dicha población, pero sí podemos vislumbrar claramente que el fundador estaba pensando en brindar una educación orientada a la formación de los alumnos en un arte específico. Por ello, los educandos recibirían un adiestramiento artístico, mediante la cual consigan en un futuro ganarse su propio sustento.

Dicha afirmación la confirmamos en el informe dado por Hernández al gobernador, el 27 de noviembre de 1926, cuando afirma que “[...] desde la creación de esta escuela, hasta hoy y durante el tiempo que al frente de ella he permanecido y permanezca, no he dejado ni dejaré de impulsar por cuantos medios estén a mi alcance, los trabajos manuales con los ciegos y sordomudos cuya importancia equivale a decir que es el sostenimiento de la vida de estos inválidos.”

Según lo anterior, el trabajo manual reivindicaría socialmente a los faltos de la vista y de la audición, idea que fue compartida por Julio Eduardo Ramírez, diputado de la Asamblea Departamental elegido por el Circulo Electoral de Jericó, quien el 3 de marzo de 1926 fue el ponente del proyecto de ordenanza por la cual se modificaría la número 6 de 1923, sobre enseñanza especial para ciegos y sordomudos. Al parecer, los miembros de la Asamblea Departamental de Antioquia compartieron y apoyaron este propósito. Respaldo que fue materializado en la ordenanza 20 de 1926, donde se dispone incluir entre el personal de la institución dos profesores de artes y oficios.

UN PROYECTO EDUCATIVO DONDE TODOS PONEN.

Fueron diversas las fuentes de financiamiento de la escuela. Estas iban desde el cobro de una pensión de veinte pesos mensuales, los aportes del Estado y las donaciones de los particulares, la empresa privada y el recaudo de dineros producto de las ventas de mercancías elaboradas por los estudiantes. Esta última estrategia de financiamiento, al parecer se realizó desde sus inicios con buenos resultados. Así fue como las ganancias por este concepto en 1926 alcanzaron la suma de $110.60, cantidad que se invirtió en la compra de paja, el pago de la botica, la compra de ropa para los alumnos, la compra de útiles y algunas otras mejoras para la escuela. Otro dato significativo es que el esterillado de muebles, a finales de los años cincuenta, dejaba una ganancia entre $300.oo y $350.oo pesos mensuales, libres de gastos.

Según la ordenanza 6 de 1923 y el Decreto numero 4 que la reglamenta, el Departamento de Antioquia, por medio de los fondos otorgados a la Instrucción Publica cubriría los gastos de funcionamiento de la institución. En 1925 se reglamenta la participación del gobierno nacional en la financiación de las Escuelas especiales de los departamentos, por medio de la ley 56 de 1925, que establece un auxilio de cinco mil pesos a cada ente regional que cree este tipo de instituciones. En 1926 la Asamblea Departamental, pensando en las características de la población atendida en la Escuela de Ciegos y Sordomudos, por medio de la ordenanza número 20 crea becas, internado, nombra maestros y otros empleados. De esta forma se garantiza el aumento de la cobertura y se facilita el ingreso de jóvenes de escasos recursos económicos.

La empresa privada, igualmente, tendrá su participación en los inicios de la institución. En 1927 la Urbanizadora Aranjuez cede terrenos en los que se construirá el nuevo edificio con aportes de la nación y el Departamento. El 26 de octubre se publica la ley 40, que establece franquicia postal para las escuelas, alumnos y profesores; gratuidad en los viajes en tren, cinco becas en todos los Departamentos, para que pudieran asistir a clase los limitados visuales y auditivos.

Recordemos que para esta época la legislación colombiana había definido que el municipio pagaría la construcción de la planta física y el Departamento los gastos de funcionamiento de las escuelas. En un principio el municipio es quien arrienda los locales en los que funcionó la institución hasta 1935, también conocida como la época de inquilinato. Por su parte, el departamento cancelará los gastos por pago de personal.

La nación hará lo propio un año después, con la expedición de la Ley 56 de 1925, a través de la cual, el Departamento recibiría un auxilio de cinco mil pesos ($ 5.000.00), por contar con una institución similar a la fundada en Bogotá. Más tarde, en 1927 mediante la ordenanza 36 la Asamblea Departamental destina cinco mil pesos ($5.000.00) para la construcción del edificio.

Con las leyes, 40 de 1927 --reglamentada por el ejecutivo en el decreto 1622 de 1928-- y 37 de 1929, se crea el impuesto departamental denominado “fondo de los ciegos”, reglamentado por la ordenanza 8 de 1930. El producido se destinaría en cada presupuesto departamental a la mejora y sostenimiento de los institutos de ciegos y sordomudos de ambos sexos. En este caso, sería para la escuela de ciegos y sordomudos en sus dos sesiones masculina y femenina. Podríamos pensar que con esta legislación la escuela de Ciegos y Sordomudos estaba asegurada económicamente, pero la realidad se encargará de contradecir dicha afirmación.

La escuela nace asediada por serias dificultades económicas, aunque recibe algunos auxilios del Departamento. El material didáctico para trabajar con los estudiantes era escaso e inapropiado. Al parecer, en sus inicios, la atención prestada se reducía a los habitantes del municipio de Medellín. Su precaria situación financiera se reflejaba en la carencia de su propia sede, motivo por el cual los maestros y sus educandos tenían que adaptarse a las incomodidades de los locales arrendados por el municipio para tal fin.

Las necesidades más apremiantes del primer año fueron expuestas por el director, Francisco Luis Hernández, en su informe dado en 1926 al jefe de Instrucción Pública, en el que se refería a la conveniencia del establecimiento de un internado, para que los discípulos no se expusieran diariamente a los peligros del tránsito. Hernández solicitaba la ampliación del radio de atención, ya que existían peticiones de admisión de Titiribí, Concordia, Fredonia, Barranquilla y Bogotá. Al mismo tiempo, el fundador proponía la consecución de un local que se acomodara a las características de la población atendida y la apertura de una sección para niñas. Con este fin, plantea como estrategia especializar una maestra, para que transmita los conocimientos adquiridos, a las futuras alumnas de la institución.

Las necesidades expuestas tendrán eco y serán atendidas por los miembros de la Asamblea Departamental, quienes expiden la ordenanza número 20 de 1926, (sobre enseñanza especial para ciegos y sordomudos), fijando nuevos parámetros para la organización de Escuela. Entre otros aspectos se definió el pago de maestros y la dotación de materiales; se dispuso un internado para ciegos y sordomudos de estratos bajos; se crearon 15 becas para los estudiantes más pobres del departamento, cuyo valor sería de veinte pesos ($20) mensuales. Y, bajo dicha ordenanza, se origina el internado y se determina que los gastos provenientes de dicha ordenanza fueran cubiertos por el departamento.

A partir de 1930, la escuela se nacionaliza, para convertirse en una institución cuya financiación dependerá fundamentalmente de los aportes nacionales y de auxilios esporádicos del Departamento y el Municipio. Este cambio de jurisdicción implicará una temporal crisis presupuestal, ya que, mientras en 1929 había recibido, entre auxilios nacionales y municipales, un monto de $10.416.00, en el año 1930, recibirá, en cumplimiento de las Leyes 45 de 1926 y 40 de 1927, tan sólo la suma de $ 3.500.00. Suma que corresponde a una tercera parte del monto recibido el año anterior. A partir de aquel año, los auxilios recibidos por parte del Municipio y el Departamento serán relativamente escasos, hasta 1963, cuando vuelve a depender del ente regional.

Por medio de la Ley 143 del 8 de noviembre 1938, se constituye la Federación Nacional de Ciegos, y se determina que el 2% de las utilidades de las loterías se destinen para las escuelas de ciegos. Igualmente, se definen las funciones de la Federación, entre las que se destacan sus aportes económicos, y la asesoría a la Escuela, como a sus estudiantes, en su proceso de desarrollo. Al amparo del decreto 1421 de 1942, se forma un presupuesto de rentas con destinación especial, constituido por los recaudos hechos en el fondo de los ciegos (Ley 37 de 1929) e impuestos a las loterías (Ley 143 de 1938). Dichos recaudos estarían a cargo de la Administración de Hacienda Nacional.

FONDO ACUMULATIVO

Con el objeto de prever posibles dificultades económicas, la Junta Directiva de la escuela, el 26 de agosto de 1940, por medio de la resolución 17 crea el Fondo Acumulativo de la Escuela de Ciegos y Sordomudos. A éste ingresarían los legados testamentarios, las acciones obsequiadas a la escuela, las donaciones particulares y el 10% de los dineros recibidos como pago de los conciertos brindados por los estudiantes. Sólo se podría disponer de los dineros cuando el fondo contara con una reserva de $ 20.000.oo.

Los legados testamentarios, aunque pocos, fueron de gran ayuda. Se recibieron los donados por José María Cardona y Mercedes Aristizábal de Moreno. Con frecuencia, se recibían aportes de compañías como: Everfit, Coltejer, Nacional de Chocolates, Colombiana de Tabaco, Cervecería Unión, Suramericana de Seguros, Postobon, entre otras. También hicieron aportes, entidades financieras como el Banco de la República y el Comercial Antioqueño. Las personas que se hicieron presentes con sus contribuciones, fueron, entre otros, Miguel Mejía Gutiérrez, Julio C. Hernández y Alicia Mejía.

LA ESCUELA PARA NIÑAS CIEGAS Y SORDOMUDAS

En 1929, por iniciativa de la Gobernación, se expide el decreto 88, que crea la escuela para niñas ciegas y sordomudas, como una dependencia de la Escuela de Ciegos y Sordomudos. Ese mismo año, inicia labores la Escuela para Niñas Ciegas y Sordomudas, y, en 1930, contaba con un internado para niñas pobres y huérfanas. Las primeras educadoras fueron Blanca Gutiérrez Isaza, y Mercedes Campillo Molina.

El aumento de la población estudiantil femenina fue bastante irregular, ya que de veintiocho (28) estudiantes admitidas en 1929, diez años después había ascendido a treinta y tres. Por problemas de orden financiero, en 1934 el internado para mujeres no se abrió.

A partir de 1946, la dirección de la sección de niñas pasó a manos de las Hijas de la Sabiduría. La Escuela de Niñas funcionó con la de varones hasta 1952, año en que se independiza y se traslada a Envigado. Por medio del Decreto Departamental número 397 del 2 de octubre de 1956, se convierte en el Instituto San Luis María de Monfort, para niñas ciegas y sordas. Dos años más tarde, esta sección se traslada de Envigado a Bello, y décadas más tarde (1997) volverá a su sitio de inicio, para fusionarse con la Escuela de Ciegos y Sordos “Francisco Luis Hernández”.

LA CRISIS DE 1930

Los recaudos por pensiones no fueron tan fructíferos y los pagos de las becas correspondientes al Departamento no llegaron a tiempo, dejando a la institución en una situación económica bastante precaria. En 1926, mientras salía la ordenanza que creaba las becas, según Francisco Luis Hernández B., “[…] la escuela tuvo que pedir ayuda a las personas caritativas que, con alimentación y abrigos, le ayudaron y proporcionaron a los que llegaron en harapos y con deseos de estudiar, lo más indispensable, pues a muchos de ellos no sólo les tocó mendigar sus alimentos sino dormir varios días en el suelo y sobre periódicos”

El año 1930 será de inconvenientes y dificultades. En total se matricularon 67 estudiantes (10 sordas, 10 ciegas, 23 sordos y 24 ciegos), se inicia el internado de las niñas, y la gobernación dota a la Escuela con un carro para transporte. Argumentando problemas financieros, el municipio anuncia la entrega del local arrendado, por lo que era inminente un cierre de la institución.

Un año más tarde, el 16 de febrero de 1931, a causa de la crisis económica, el gobernador del Departamento, Carlos Cock, y el Secretario de Educación Pública, Julio Cesar Gaviria, deciden suspender los auxilios económicos y ordena a través del decreto 22, la clausura del recinto. Un día después, con la expedición del decreto 23, se determina que los maestros y empleados devengarían sus sueldos, hasta el 28 de febrero, considerando que once días era tiempo prudente para el envío de los alumnos a sus casas y definir las cuentas de la institución.

Francisco Luis Hernández continuaría sus labores, en calidad de director ad honoren, a cargo de los alumnos becados por la nación y del grupo de externos que podían continuar sus estudios. Los señores Francisco Grajales y Joaquín E. Arango, educadores auxiliares de la escuela, tendrían la posibilidad de establecer secciones para niños normales, costeados por los padres de familia.

Como se puede observar, el mandato pretendía terminar las obligaciones contraídas por el municipio y el Departamento con la escuela. Los dirigentes políticos regionales justificaban dicha medida con la crisis económica que se vivía en aquel entonces, en el ámbito regional, nacional e internacional.

Uno de los tantos articulistas conmovidos por la determinación tomada en contra de la existencia de la escuela, narró del siguiente modo una charla que sostuvo con Francisco Luis Hernández, días después de tomada la determinación.

“Ocasionalmente nos encontramos esta mañana con don Francisco Luis director de la Escuela de Ciegos y Sordomudos y deseosos de saber algo alrededor del cierre inesperado de este importante plantel le preguntamos:

·        ¿Qué ha resuelto la gobernación acerca de la escuela?

·        Lo que ya ustedes conocen; mañana se cumple el plazo para despedir los cieguitos y los sordomudos que no pueden continuar como alumnos externos.

·        ¿Cuantos quedan por fuera?

·        Según el decreto de clausura, casi todos. Vea usted. El despacho oficial que llevo para la oficina de telégrafos: “Medellín, 27 de febrero de 1931 (extraordinario) Ministerio de Educación - Bogotá.

·        Como mañana cúmplese plazo fijado gobernación despedir alumnos, he solicitado familias caritativas, aliméntenme algunos ciegos, sordomudos, mientras ministerio reglamenta funcionamiento. Servidor, Francisco Luis Hernández, Director.

·        ¿Continuará la institución en Antioquia?

·        La providencia vela por estas obras y cuando se las hiere de muerte, la mano de Dios la favorece. Le digo esto, porque tengo en mi poder el documento que ha sido para estos inválidos, para mis excelentes compañeros y para mí un incentivo muy poderoso para seguir adelante con esta obra de caridad que ya se impone y que por lo mismo no dejará de tener los grandes obstáculos y grandes enemigos.

·        ¿Enemigos?

·        Si señor. Enemigos. Verbigracia, la actual crisis fiscal, es uno de ellos.

·        Como el señor tenía interés en poner pronto su telegrama en la oficina nos despedimos de él y de esta conversación colegimos que la escuela de Ciegos y Sordomudos que ha sido un honor para Antioquia seguirá franqueando las puertas de la educación a nuestro, hermanos desvalidos. Reportero”.

Los señores Abel Carbonell y Tomás Cadavid Restrepo también se unieron a la causa contra el cierre definitivo de la institución. Con la idea de impedir la clausura de la escuela, Francisco Luis Hernández, busca ayuda en sus amigos representantes de la sociedad antioqueña ante el Senado, logrando a través de ellos que la nación se encargue de subsidiar sus gastos.

Días después con beneplácito sale el siguiente artículo:

“Es con placer íntimo que anunciamos la continuación de las tareas en este Instituto [...]

Conocimos ayer la carta de los Dres Robledo y Múnera en la cual avisan dos cosas importantes: que le serán adjudicados diez mil pesos que no necesitan hoy por hoy en la casa similar de Bogotá y que el Dr. Olaya ha dispuesto el viaje de don Francisco Luis Hernández a los Estados Unidos para que asista al Congreso de Ciegos y Sordomudos que se unirán en aquella nación.

Amamos ese Instituto porque hemos tomado parte modesta en su Junta Directiva y porque nos hemos dado cuenta de que sus institutores no sólo desarrollan eficazmente actividades latentes sino que también forman maravillosamente de acuerdo con la pedagogía católica, los corazones de esos amigos a quienes la naturaleza dotó mal.”

A partir de la crisis ocasionada por el cierre decretado y para sortear las dificultades ocasionadas, Francisco Luis Hernández, hábilmente, creó, con participación de un concurrido grupo de damas perteneciente a la alta sociedad, el comité de Damas Pro-ciegos, cuyo objetivo principal sería el de colaborar en la consecución de dineros para el sostenimiento de la escuela, actividad que, a juzgar por los resultados, realizaron con bastante compromiso.

Un acto más, realizado por la administración nacional que dejó las arcas vacías para el pago de empleados, fue el cambio dado a la destinación de los “fondos de los ciegos”. Si antes el producido de la renta se destinaba a la mejora y sostenimiento de los gastos de la escuela, tanto para la sección femenina como masculina, a partir de 1931, dichos fondos sólo podrían ser utilizados en la construcción de la planta física, localizada en el barrio de Aranjuez.

PROPUESTAS INNOVADORAS: LA CLÍNICA PSICOPEDAGÓGICA

La Junta Directiva y el Comité de Damas Pro-ciegos, se convirtieron en dos fuerzas poderosas que impulsaron la marcha de la escuela a comienzos de los años treinta, más exactamente, en 1933. En dicho año proponen la creación de una sección para niños mentalmente anormales, anexa a la Escuela de Ciegos y Sordomudos, cuyo propósito sería “[…] incorporar en su organismo el estudio profundo del niño, que debería abarcar desde el examen mental, hasta el examen físico, desde el estudio del niño en su medio social, hasta el conocimiento de todas las causas que originan su estado y de la profilaxia a la psicoterapia educativa”.

La propuesta de la clínica psicopedagógica tuvo acogida en las directivas departamentales de educación pública. Fue presentada, en sesión del 21 de marzo, por el señor Carlos Augusto Agudelo, director de Instrucción Pública, a la Asamblea Departamental de Antioquia. El proyecto de ordenanza además proponía crear una escuela primaria al aire libre. La atención se brindaría a veinte niños, la mitad, pertenecientes al municipio de Medellín y el resto de diferentes municipios del Departamento.

Entre los motivos propuestos para la aprobación de dicho proyecto estaban: “[..] 1) Formar educadores para el provecho de la educación, a partir de la experimentación pedagógica; 2) poner al servicio de la infancia las experiencias obtenidas en el centro de experimentación; 3) formar una comunidad educativa compuesta por maestros, padres de familia y alumnos, con el propósito de alentar la colaboración mutua. El proyecto de ordenanza fue aprobado en primera instancia, pero al parecer no pasó a una segunda vuelta.

TRASLADO A LA NUEVA PLANTA FÍSICA UBICADA EN ARANJUEZ.

En 1927, la Compañía “Urbanizadora del Barrio Aranjuez” donó a la Escuela, en el barrio del mismo nombre, 42.000 varas cuadradas para la construcción de su propia planta física, con el fin de permitirle prestar una atención más acorde con las características de la población atendida. El 13 de septiembre de 1928 empezaron los trabajos de construcción de la nueva sede. Hasta el año de 1934, el departamento invirtió $36.140.57, más o menos. La nación también apropió dineros para la construcción del edificio, a través de los auxilios captados por el Fondo de Ciegos, el impuesto nacional y los dineros destinados para el sostenimiento de la escuela.

El traslado a la nueva sede se hizo en 1935, año en el cual se terminaron las labores de edificación. Para su inauguración se aprovechó la celebración del Congreso Eucarístico Nacional, acto que congregó un número considerable de fieles y feligreses.

A partir de la fecha, se amplió el radio de atención del instituto, como parte de la iniciativa del fundador de proyectar las potencialidades de la Escuela hacia otros países latinoamericanos. Al calor de este proceso ingresan jóvenes provenientes de otras regiones del país y del exterior. Según los informes que reposan en los archivos institucionales, “Acudieron a la escuela alumnos de Venezuela, Costa Rica, Guatemala, Cuba, Panamá, El Salvador y Puerto Rico, jóvenes que con la colaboración de Don Francisco Luis Hernández serán en su mayoría los iniciadores de esta enseñanza en sus respectivos países”.

EL SECTOR DE ARANJUEZ

La escuela quedó ubicada en un paraje amplio, aislado de las casas y de las vías carreteables, llegando a ser, para su época, uno de los primeros edificios construidos en el sector. Por su tamaño y arquitectura, se convirtió en un referente urbanístico del sector, en el cual, la Compañía “Urbanizadora del Barrio Aranjuez” intensificó la construcción de casas a su alrededor.

La planta física, carecía de zonas deportivas y, al parecer, a la hora de ocuparla, aún no estaba terminada la obra blanca. Y, a pesar de las iniciativas de la Junta Directiva de la Escuela para acondicionar el edificio y las zonas deportivas, tal propósito tardó mucho en cristalizar. Varios proyectos de ordenanza presentados a la Asamblea Departamental, con el fin de asignar recursos para la terminación de las zonas deportivas y acondicionamiento de la planta física, chocaron con la falta de voluntad política en dicha corporación. Así lo demuestran los proyectos de ordenanza expuestos en 1939- 1942 los cuales se encuentran en Anales de la Asamblea de Antioquia.

Este último año, el proyecto ordenanza por el cual se atendía la terminación del edificio fue presentado en primer debate el 17 de mayo y en segundo debate el 15 de julio sin lograr convertirse en Ley.

LOS ESTUDIANTES

Para iniciar este tema, es necesario entender que muchos de los educandos y padres pertenecientes a la escuela, llevaban el lastre del sacrificio surgido por la llegada de un niño con necesidades educativas especiales. Pensaban que la llegada de su hijo era un castigo divino por los pecados cometidos contra los mandatos religiosos. Otros pensaban que se trataba de una prueba impuesta por la divinidad. Todas estas percepciones, hacían que la educación y el cuidado del niño se convirtieran en una “carga” que, sólo para unos pocos, era un honor llevarla. Otros más se sintieron impuros, en relación con las demás personas, y como llevando un estigma de exclusión.

Por ello, era muy frecuente que los padres de aquellos estudiantes prefirieran ocultarlos aunque esto significara convertir a sus hijos en motivo de vergüenza. A este tipo de situaciones se sumaron las dificultades económicas de muchas de estas familias, e incluso, el desamor por la criatura recién nacida. Algunos fueron abandonados en la escuela, donde los atendieron en forma caritativa. Existen casos de abandono disimulado, es decir personas que llevaban su hijo a la Escuela y nunca más lo reclamaban. Se podría decir que fueron muchos los hijos de la institución. Entre las anécdotas de la familia Hernández, existe una según la cual, el fundador algún día se encontró un niño ciego abandonado en un basurero al cual recogió, alimentó, vistió y educó. Sólo unos cuantos tuvieron el privilegio de contar con unos padres cuidadosos, que compartieran y acompañaran a sus hijos en su desarrollo personal y académico.

La escuela contó con tres tipos de escolares: internos, seminternos y externos. Los primeros permanecían todo el año en la institución, ya que muchos de ellos no tenían hogar; los llamados seminternos, salían los viernes o sábados y regresaban los lunes, y, los externos, regresaban todos los días en la tarde a sus casas.

En cierta medida, las situaciones que se presentan en la película “El color del Paraíso”, del director iraní Majid Majidi permiten imaginar la cotidianidad y el tipo de relaciones que se generan entre estudiantes invidentes, padres y maestros de la Escuela de Ciegos y Sordomudos de Medellín. Probablemente al igual que el niño iraní, muchos estudiantes de nuestra Escuela, se vieron beneficiados por un contacto místico con la naturaleza, y afectado en su parte más íntima por las relaciones conflictivas con su padre, quien veía en su condición de invidente de su hijo un lastre y una carga para sus propósitos de volverse a casar y dedicarse sin inconvenientes a sus labores agrícolas. Este es un ejemplo patente de los conflictos que se generan en una familia por la llegada de un niño limitado visual, y el sufrimiento que padece el infante y su familia al tratar de integrarlo a la sociedad, más bien, a una vida en sociedad.

La Escuela de Ciegos y Sordomudos, después de atravesar las duras crisis financieras y/o. al calor de las mismas, vivió un ambiente de familiaridad, trabajo y compromiso. Cada integrante de la institución conocía sus funciones y las cumplía a cabalidad. Los estudiantes en su mayoría eran de origen humilde, con pocas posibilidades económicas y estaban en la escuela en calidad de becados. Solía ocurrir, al igual que el caso del niño iraní antes mencionado, que los padres no los visitaban. Los informes dados por el entonces director a los secretarios de educación y sus alusiones al origen de los estudiantes confirman lo dicho.

“Varios de los ciegos y sordomudos, alumnos de la escuela unos ya salidos, fueron sacados de casas de mendigos y de beneficencia donde sólo vegetaban y hoy son profesores”

Con la llegada de las niñas, en 1929, la escuela empezó a funcionar tanto para hombres como para mujeres en dos secciones de ciegos y sordomudos. El número de alumnos atendidos por año fue aumentando paulatinamente en relación con las capacidades económicas y físicas del local ocupado, como puede observarse en cuadro 5.1

Inicialmente, por cuestiones de planta física y por dificultades presupuestales, los estudiantes matriculados eran en su totalidad originarios del municipio de Medellín, pero con la consecución de la nueva planta ubicada en Aranjuez, se empezó a recibir jóvenes provenientes de diferentes municipios antioqueños y del resto del país.

Los invidentes estaban organizados en 6 secciones, cinco de primaria y uno de música. El número de estudiantes invidentes en 1935, era de 26, mientras el de sordomudos era de 25. Estos últimos estaban organizados en cinco secciones, orientadas a la adquisición del lenguaje hablado. Hemos de señalar que los sordos a los catorce o quince años de edad terminaban su ciclo de estudios. Caso que no sucedía con los invidentes, quienes permanecían más tiempo en la institución.

Cuadro 5.1

Estudiantes matriculados por año desde 1935 a 1960

Año

Total estudiantes

Sordos

Ciegos

Sordas

Ciegas

1925

12

6

6

 

 

1926

33

13

20

 

 

1927

40

15

25

 

 

1928

41

17

24

 

 

1929

54

6

20

8

20

1930

67

23

24

10

10

1931

70

20

26

12

12

1932

77

24

27

14

12

1933

75

24

27

14

14

1934

77

24

27

14

12

1935

71

25

26

11

9

1936

78

22

30

14

12

1937

80

23

35

12

10

1938

105

35

37

16

17

1939

112

59

53

 

 

1940

153

80

73

 

 

1941

165

84

81

 

 

1942

154

82

72

 

 

1943

140

70

70

 

 

1944

126

66

60

 

 

1945

147

73

74

 

 

1946

121

54

67

 

 

1947

131

56

75

 

 

1948

140

63

77

 

 

1949

110

50

60

 

 

1950

110

50

60

 

 

1951

110

50

60

 

 

1952

110

50

60

 

 

1953

110

50

60

 

 

1954

 

 

 

 

 

1955

 

 

 

 

 

1956

 

 

 

 

 

1957

110

60

50

 

 

1958

110

60

50

 

 

1959

98

57

41

 

 

1960

110

60

50

 

 

Fuente: A. C. F. L. H. B., Historia, decretos y organización 1925-1978.

El sistema de ingreso era sencillo y a los aspirantes no se les hacía un estudio psicológico previo, lo cual facilitó el ingreso de alumnos con deficiencias psíquicas asociadas a su limitación sensorial. El número de sordos oscilaba entre los cincuenta y ochenta durante las décadas de 1930 a 1940. A finales de la década de 1930, para la admisión de estudiantes se adoptaron nuevos lineamientos. Empezó a hacerse una encuesta a los pacientes y a los padres de familia, con el objeto de identificar dificultades de aprendizaje, para luego pasar a llenar una ficha completa sobre la vida del estudiante, y concluir con una entrevista realizada por el propio director. La elección de los educandos se haría bajo los siguientes parámetros:

“1) Edad para recibir a los sordomudos entre 7 y 18 años, para ciegos entre 7 y 25 años. 2) Aspecto exterior en los sordomudos, rostro expresivo, mirada viva, locomoción normal; en el ciego, locomoción fácil y conversación más o menos correcta sobre un tema cualquiera (deseo de estudiar, aspiraciones, etc.). El balanceo continuo de la cabeza en un ciego, al hablar o en reposo acusa generalmente trastornos físicos y psíquicos. 3) Apreciación mental; si el sordomudo es capaz de imitar algunas acciones ejecutadas por otra persona (cruzar los brazos, ponerlos al frente, atrás, sobre la cabeza, saltar, colocar un libro o un periódico en distintas posiciones, etc.); si es capaz de indicar por mímica expresiva el uso de algunos objetos familiares (una llave, un lápiz, un sombrero, etc.) y finalmente si coloca unas cuatro figuras de una lotería sencilla sobre las correspondientes, esto bastaría para aceptar como buen candidato para la educación del sordomudo aspirante”

En la selección de los estudiantes se tenía preferencia por los niños del Departamento de Antioquia. En caso de cubrir las necesidades de los limitados antioqueños, se recibían estudiantes de otras regiones del país. Los estudiantes pobres, aquellos que residían fuera de Medellín, tenían derecho al internado. Como política de admisión se trató de no hacer caso a las influencias externas, con excepción de las sugerencias procedentes de la Secretaria de Educación.

Si a juicio del director o de las personas encargadas de la admisión, el niño necesitaba la atención de un especialista, éste era remitido a un otorrino, un oftalmólogo, un neurólogo, un psiquiatra, o un pediatra, según el caso. A veces, a los candidatos se les hacía ir los sábados, para continuar con los estudios requeridos para su admisión.

Como vimos anteriormente, la institución orientó sus estudios hacia la formación del estudiante en un oficio práctico, de tal manera que, luego de egresar, pudiera desenvolverse en la sociedad, a través de una actividad económica, bien fuera como trabajador independientes o como obrero fabril.

Es de anotar que, desde el mismo momento de constitución de la escuela, algunas empresas empezaron a emplear sus egresados. También se dieron casos, registrados por el mismo fundador, de que muchos egresados de la Escuela continuaran sus estudios en colegios de la ciudad, algunos de los cuales sobresalieron por su esfuerzo en disciplinas académicas. Muestra palpable de ello fue el invidente Mario González, quien formó parte del primer grupo de alumnos de Francisco Luis Hernández en 1925. Aquél, después de superar con inteligencia los estudios secundarios y universitarios se graduó de licenciado en Filología y Letras, título otorgado por la Universidad de Antioquia en 1949. Este hecho marcó un precedente en el ámbito regional y nacional, al convertirse en el primer limitado sensorial titulado de todas las universidades del país.

Los estudiantes internos que no podían ir a sus casas en tiempo de vacaciones permanecían dentro de la escuela, acompañados por don Francisco Luis Hernández y su familia. Lucia Hernández Gutiérrez, quien nació el 24 de julio de 1933, primogénita del matrimonio celebrado entre el señor Hernández y Blanca Gutiérrez, primera educadora de niñas que tuvo la escuela, recuerda que toda la familia pasaba la navidad en compañía de los estudiantes huérfanos y con los que no reclamaban sus familiares. A los sordos que no salían de la Escuela por diversos motivos, se les asignaban responsabilidades dentro de ella como era el mantenimiento y el aseo. Los recuerdos de Lucía Hernández son suficientemente ilustrativos al respecto:

“Tendría ocho o nueve años. Recuerdo que en navidad mi mamá hacía el pesebre, nos hacía las maracas con tapitas de gaseosas aplastadas por el tranvía. En las tardes, jugábamos “que pase el Rey” y otras rondas; en las noches todos cantábamos con las maracas que nos habían arreglado. El 24 de diciembre hacíamos natilla, buñuelos y hojuelas, y se las repartían a los muchachos. Los hermanos de mi mamá también ayudaron mucho. Jhon Gutiérrez, tío, se disfrazaba de Papá Noel y éramos encerrados en un cuarto oscuro antes de las 12 de la noche, porque llegaba papá Noel con sus regalos. En ese entonces no existía el Niño-Dios, sino el Papá Noel. A la media noche, llegaba tocando una campanita el tan esperado Papá Noel. Mientras temblábamos de la emoción, colgaba los regalos en el árbol hecho por los ciegos y sordos. Cuando salía del cuarto, corríamos a coger los regalos. Estas navidades se repitieron varias veces. Los regalos, iguales para todos, eran comprados con platica del bolsillo de mi papá, del salario recibido en la escuela” .

Los otros días de vacaciones los internos disfrutaban de la compañía de Francisco Luis Hernández y una empleada del servicio.

Algunos estudiantes invidentes lograron sobresalir y desarrollar funciones intelectuales. Además del estudiante antes mencionado, muchos otros se vincularon como profesores titulares de diferentes entidades educativas. Así, por ejemplo, en 1948, Francisco Luis Ardila daba clases en el Instituto Central Femenino; Manuel Sepúlveda, un guitarrista, enseñaba en la escuela Modelo; y Mario González ocupa una cátedra en el Instituto Pedro Nel Ospina.

Por otro lado, Hector Cadavid Alvarez, un manizalita que había perdido la vista a sus doce años, después de estudiar en la Escuela de Ciegos y Sordomudos de Medellín, obtuvo una beca en el Instituto de Perlans de Boston (EEUU), donde se gradúo como maestro de ciegos. Al mismo tiempo adquirió su grado de bachiller superior; asistió a las universidades de Harvard y Columbia, y luego se desempeñó como maestro de ciegos en el Instituto de Nueva York, dirigido en ese entonces por el Dr. Merle Frampton. A su regreso de Estados Unidos entró a desempeñar las funciones de maestro de ciegos en la Escuela de Medellín. En 1958 empezó a ocupar el cargo de gerente de la Federación Nacional de Ciegos y Sordomudos, en reemplazo del para entonces fallecido Juan Antonio Pardo Ospina.

LOS EGRESADOS

Muchos estudiantes invidentes continuaron sus estudios secundarios en otras instituciones, hasta terminar el ciclo de bachillerato. Algunos siguieron carreras superiores, --fuera de la de educador antes tratada--, especialmente el derecho y la música, logrando destacarse en dichos oficios. Para ilustrar esta afirmación, nos valdremos de los recuerdos del profesor invidente Rafael Bran, egresado de la escuela en 1953. Bran, era un invidente natural de Gómez Plata, nacido en 1933, que ingresó a la escuela el 17 de febrero de 1942, a la edad de nueve (9) años. Permaneció diez años y medio, durante los cuales recibió una preparación académica y musical. En 1955, es vinculado como educador de planta, donde enseña música y otras materias correspondiente al currículo. Con relación a estudiantes destacados de la Escuela que siguieron estudios superiores, recuerda:

“Francisco Antonio Franco Mejía fue estudiante de la escuela. Tiempos después se desempeñó como educador y se jubiló en la institución. Hace muy poco, Francisco Cesar Jiménez Gómez, abogado de la Bolivariana, al salir de la escuela continuó su bachillerato. En Abejorral trabajó en Bienestar Familiar y se dedica al litigio. Fue juez de un municipio del Valle. Ruben Darío Restrepo abogado. Aldemar López Castro, inició estudios en la escuela en 1951. Estudió derecho en la Bolivariana. Fue juez laboral de Envigado y termina siendo magistrado (jubilado). Jorge Restrepo Sierra: estudió fisioterapia, trabajó en el Seguro Social. Se graduó en derecho, lo ejerció poco. Trabajó en el municipio; actualmente vive, pero no ejerce ninguna profesión. Horacio García, está en Bogotá es abogado”.

Con relación a los músicos el profesor Bran menciona los siguientes:

“Francisco Franco [profesor y músico de la Escuela]. Jesús Echeverri, trompetista [que] trabaja ahora con los mariachis de Acapulco. Camilo Echeverri, toca la trompeta.

Rafael Bran, Trabajó en la escuela, la farándula, [y] en iglesias. El último trabajo hecho fue con Darío Gómez, hasta que [éste] resuelve desvincularlo del grupo. Lleva cuarenta (40) años en su oficio; ha gravado más o menos 400 o 500 elepés en varias casas disqueras. Participa en todos los temas cantados como solista por Darío Gómez que lleva acordeón”.

LOS ALUMNOS EXTRANJEROS.

El reconocimiento obtenido por la institución, a escala nacional e internacional, unido a las dificultades y carencia de escuelas de este tipo en otros países de Latinoamérica, fueron algunas de las causas que atrajeron a limitados sensoriales extranjeros hacia la Escuela de Ciegos y Sordomudos de Medellín, como opción para realizar sus estudios primarios.

La escuela tuvo estudiantes invidentes originarios de siete países latinoamericanos como fueron: Venezuela, Costa Rica, Guatemala, Panamá, El Salvador, Puerto Rico y Cuba. Algunos estuvieron financiados por los Clubes Rotarios de su lugar de origen, adonde, al concluir sus estudios, regresaron a ejercer funciones como educadores especializados, multiplicando, de esta manera, los aprendizajes obtenidos en la institución. Es el caso del salvadoreño Fausto Aguilar Peñate quien ingresó a la Escuela en 1939 y en 1943 fue nombrado, en su país de origen, director del Instituto Tiflológico creado el 1° de marzo del mismo año. Una labor similar correspondió a Alexis Quesada Solera, procedente de la ciudad de Alajuela, Costa Rica, quien, terminadas las labores académicas cuatro años más tarde, regresó a su tierra natal para colaborar en la Escuela Especial de la ciudad de San José de Costa Rica.

Otro caso es el del cubano Domingo Zoques Betancourt, quien llegó a Colombia en 1930 como un optómetra de fama. Cuando perdió la vista en Pereira, abandonó todo y se hizo profesor de la Escuela de Ciegos y Sordos de Medellín.

Entre las alumnas extranjeras que asistieron a la escuela estaban María de los Angeles Valverde, costarricense; Teresita Rodríguez Culebro, de Guatemala; Noemi Sucre y Gladys García, ambas provenientes de Panamá.

MODELOS PEDAGÓGICOS

Desde sus inicios, Francisco Luis Hernández, director y profesor titular de la institución, se preocupó por inculcarle, tanto a ciegos como a sordomudos, una cultura intelectual, moral, física, manual y artística, que los colocara en capacidad de atender sus necesidades personales y sociales.

El señor Francisco Luis Hernández, elaboró e implementó en la escuela, un modelo pedagógico, a partir de su experiencia como egresado y profesor de las cátedras de pedagogía, psicología y legislación escolar en la Normal de Institutores, como director de la Escuela Anexa a ésta, y teniendo presente los resultados obtenidos en su investigación sobre la educación de limitados sensoriales visuales y auditivos. Con todo ello no es de extrañar que el modelo pedagógico aplicado fuera el propuesto por la pedagogía católica ya que dicho modelo era el que imperaba hasta el momento en la Normal antioqueña como en las escuelas pertenecientes a la dicha región.

Con dicho modelo, Hernández buscaba moldear ciertas cualidades en los alumnos, cultivar sus conocimientos, virtudes y el amor al trabajo. Con tales fines, los contenidos fueron acompañados de experiencias que capacitaran al estudiante en un oficio, permitiendo lograr su independencia personal y económica. Según Hernández:

“La escuela ha procurado estudiar las aptitudes profesionales de los alumnos, con el fin de no desadaptar capacidades. Todo esto se ha hecho a base de individualización, por los métodos más modernos más científicos y más intima e intensamente activos para el alumno; pero siempre subordinado a las ideas directrices del tratamiento mental de cada alumno.”

Las estrategias metodológicas utilizadas variaron, según las capacidades individuales de cada estudiante. Se puede afirmar que, en sus inicios, la educación fue personalizada y se orientó a desarrollar las habilidades y actitudes de los estudiantes. Los grupos se clasificaron con base en la aplicación de tests sicológicos, para formar grupos más o menos homogéneos en cuanto a edad mental.

La enseñanza y el contenido dependían de las circunstancias especiales que caracterizaron a cada alumno. El aprendizaje que se trataba de impartir iba desde el caminar, el desnudarse, el vestirse, el hablar, el oír, y demás actos de la vida práctica y social, hasta la adquisición de conocimientos más superiores que, acordes con múltiples circunstancias, permitieran su desarrollo intelectual.

Con respecto a la educación del sordomudo, y de acuerdo con los informes dados a los directores de instrucción Pública durante la primera década, por el entonces Director y fundador, Francisco Luis Hernández, se puede notar el valor que tenía la vocalización clara del sordomudo. Con tal fin, en el primer año se realizaban ejercicios de atención, preparación del aparato fonador, educación de los órganos fonadores y vocalización. Con todas estas actividades se intentaba alcanzar la vocalización y sustituir, en lo posible, el lenguaje mímico. El lenguaje manual fue enseñado, pero se hizo más énfasis en lo primero. Tanto la vocalización como la lectoescritura enseñada a los hipoacúsicos, por su complejidad, significó un cierto grado de dificultad, tanto para los educadores como para sus educandos.

Desde sus inicios, el plan de enseñanza fue progresivo; además, estaba supeditado al avance de los niveles y los resultados obtenidos con los estudiantes. Los sordomudos y sordomudas realizaban ejercicios prearticulatorios, actividades para la provocación de la voz y la escucha, involucrando el lenguaje articulado (gimnasia labial, lingual, mandibular, gutural, respiratoria, etc), ortofonía, anacusia. Igualmente, veían materias teóricas como Ortografía, Religión, Historia Sagrada y Geografía. Además de los trabajos manuales mencionados, los sordos aprendían encuadernación, carpintería, latonería, pintura y tejidos de sombreros.

Por su parte, los invidentes, desde un comienzo, recibían cursos para el manejo del sistema Braille y demás áreas tiflológicas. Por medio del sistema Braille se les enseñaba: Lectura, Escritura, Musicografía y Estenografía. Con el ábaco, aprendían aritmética. Entre las materias orales estaban: Religión, Historia Patria, Historia Sagrada, Historia de América, Lenguaje, Ortografía, Geografía (con mapas en relieve), Escritura de videntes, Canto, Dactilografía e Higiene. Los trabajos manuales realizados por los hombres eran: tejidos de mimbre, alambre, cabuya, esterillado de paja, hilo, lana y seda; se elaboraban colchas, toallas y manteles, entre otros. Las ciegas aprendían el corte y la costura en máquina, y algunas otras labores manuales que correspondían a las necesidades de su sexo.

Además de los estudios académicos, los estudiantes invidentes tenían clases de solfeo, mecanografía, inglés, piano, acordeón, violín, flauta, clarinete, trombón, trompeta, contrabajo y coros. Las actividades cívicas y culturales eran amenizadas por la orquesta de la escuela.

Conociendo al señor Hernández, el tipo de educación brindada en la Normal de Varones y, por la cantidad de cursos de enseñanza religiosa incluidas en el plan de estudios, podemos reconocer que su enseñanza se hacía siguiendo una orientación netamente católica.

MODO DE INGRESO DE LOS EDUCADORES

En el informe presentado en 1928, por el entonces Director de Educación Pública, Tomás Cadavid Restrepo, al señor gobernador del Departamento, con motivo de la reunión de la Asamblea Departamental, aquél es claro al afirmar que en Antioquia no se contaba con personal especializado, capaz de clasificar y atender los casos de alumnos con necesidades educativas especiales.

Expone Cadavid, la que considera debería ser la función a cumplir por los educadores cristianos que, faltos de conocimientos en dichos temas deben asumir una actitud protectora sobre esta población. En dicho planteamiento, se encuentra la clave del nacimiento de la educación para limitados sensoriales visuales y auditivos tanto en Antioquia como en Colombia. Los fundadores de las instituciones de educación especial piensan es socorrer a los desvalidos y evitar que en un futuro no se conviertan en un problema para el Estado colombiano. Veamos:

“En primer lugar, entre nosotros no tenemos personal docente apto para clasificar los anormales; seguramente se reputará como tales alumnos no brillantes y se despiden a los que más necesitan de la escuela. El maestro, y sobretodo el educador cristiano, es para los retrasados, para los humildes y necesitados. Los inteligentes y ricos disponen de muchos elementos; es obligación de los superiores de la instrucción Pública velar porque no se desatienda a los que viven sin apoyo o son de escasas capacidades”

Teniendo en cuenta este panorama, no es difícil pensar en la estrategia educativa seguida por el fundador y entonces director Francisco Luis Hernández, como fue la de vincular a sus egresados al cuerpo profesoral de la Escuela, para que aportaran a la instrucción de las siguientes generaciones de estudiantes. Aunque, valga aclarar que dicha formula se empezó a aplicar desde que surgieron los establecimientos dedicados a la educación de limitados sensoriales visuales y auditivos en Europa. Recordemos al abad L´ Epeé, en el caso de los sordos y a Valentín Hauy, en su Instituto Nacional para Jóvenes Ciegos de París, en el caso de los invidentes. En ambas ocasiones, se tuvo la idea de contratar a sus alumnos luego de graduados.

Los educadores invidentes entraban a reemplazar las vacantes dejadas por el retiro de los educadores videntes, o a formar parte de la planta docente, en el caso de abrir nuevas plazas. Como estrategia de apoyo, aquellos eran asesorados por un educador vidente, quien les indicaba las tareas y actividades a ejecutar con los estudiantes. Nueve años después de fundada la escuela, encontramos el primer caso de vinculación de un egresado. Se trata de Ramón Escobar quien se desempeñó como profesor de mecanografía.

En ayuda de esta idea, valga decir que el personal de empleados de 1934 incluía un egresado. En aquél año la Escuela contaba con los siguientes empleados: Francisco Luis Hernández B., director; Joaquin Arango, tesorero y subdirector; Francisco Grajales, profesor de ciegos y sordomudos; Esteban Rico, profesor de ciegos y sordomudos; Mercedes Campillo (profesora de ciegas y sordomudas); médico Nicanor González U.; Miguel Mesa, profesor de obras manuales; Ramón Escobar exalumno ciego, profesor de mecanografía; Luis Mondragón, profesor de música y canto; y Alfonso Restrepo, portero- vigilante.

Al parecer, los educadores que iniciaron las actividades pedagógicas en la institución permanecieron por un tiempo prolongado ejerciendo sus labores, a pesar de las dificultades financieras experimentadas en sus inicios. En el informe dado por el Director en 1935 al Secretario de Educación se confirma dicha afirmación, cuando asegura que “En los diez años de vida, se han retirado, después de dejar su huella de esfuerzo sólo dos maestros, ellos son los señores; Carlos Vélez R. y Alfonso Jaramillo G., hoy rector de la Normal de Institutores de Bogotá”. Nótese la aclaración hecha al final, cuando se afirma que en los diez años de actividades sólo dos educadores se habían retirado, lo cual permite pensar en la estabilidad laboral que vivieron los profesores durante la primera década.

Debido a la carencia de instituciones de enseñanza superior donde se pudieran formar en estas especialidades a los futuros educadores, la escuela se convirtió en un centro de instrucción y adiestramiento de estos. No obstante, el adiestramiento de los nuevos profesores en las labores propias de este tipo de enseñanza, muchas veces se tornaba en algo engorroso, por el tiempo y dedicación que requería cada aspirante.

En 1936, después de afrontar una crisis laboral, sucedida el año anterior, cuando varios empleados se retiran de la institución, el Director de la Escuela decía lo siguiente: “La organización de la escuela en este año, fue una de las más difíciles debido al entrenamiento de varios empleados que entraron a reemplazar los salientes, entre los cuales estaban tres maestros nuevos que debían iniciarse en la especialidad de enseñanza de ciegos y sordomudos”. Por lo visto, esta y otras dificultades, que más adelante trataremos, motivaban el contrato como profesores de aquellos educandos que hubieran cumplido su ciclo de estudio.

Los educadores eran contratados por la Junta Directiva durante 12 meses y, según el desempeño, renovados a comienzos de año. Los salarios, tanto de educadores como del resto de personal, eran cancelados por el Departamento, hasta cuando se nacionaliza la institución. Al parecer, las remuneraciones además de llegar a destiempo no eran suficientes, a juzgar por un documento encontrado en el archivo de la institución, escrito por los miembros de la comunidad de San Gabriel en 1983, en el que se encuentra lo siguiente: “Los reclamos de los profesores son constantes por cuestiones de salarios. La Junta Directiva argumenta en todo momento no poder atender a esas peticiones. Los cambios de profesores son muy frecuentes”.

Aquella comunidad, en la documentación existente en las actas, argumenta sobre el asunto que: “Se observa quizás un poco de imparcialidad, en defensa continua de lo que hacen de bueno. [...] No se tiene en cuenta las reivindicaciones de los profesores y cuando estas se presentan se dice [que] El presupuesto de la escuela no alcanza [...]si no está conforme puede irse”.

En 1934, con el fin de iniciar un proceso de formación profesionales de educadores especiales en la ciudad de Medellín, Francisco Luis Hernández, empezó a dictar conferencias sobre tiflología y sordomudística a los alumnos de la Normal de Varones que cursaban psicología, y, en 1940 “[...] se dictaron conferencias disciplinarias, científicas e históricas, tanto por profesores como por los mismos alumnos”.

Hasta 1942, los educadores de la Escuela no recibían las prestaciones sociales que beneficiaban al resto de empleados del Departamento. En dicho año, el Director de Educación Pública, Joaquín Aristizábal, por medio del oficio 3392 del 13 de noviembre, consulta a la Sección de Asuntos Sociales sobre las consideraciones jurídicas otorgadas a los educadores de la Escuela de Ciegos y Sordomudos. Llama la atención sobre el vacío jurídico existente con relación a las responsabilidades laborales del Departamento con estos empleados. El funcionario pide una aclaración en torno a la situación de dichos profesores para resolver el tema de las prestaciones sociales. Los juristas Aureliano Correa Arango, miembro de la Junta Directiva de la Escuela y Jorge Parra Suárez, Jefe de Asuntos Sociales de la Secretaria de Higiene y Asistencia Social, después de hacer un estudio jurídico sobre el caso emiten las siguientes conclusiones:

“1°. La Escuela de Ciegos y Sordomudos es una entidad NETAMENTE NACIONAL, costeada principalmente con fondos nacionales, y supervigilada por el Gobierno Central, el cual ha dado normas generales para todas las instituciones de esa clase en el país;

2°. La fiscalización de fondos, su inversión y destinación debe hacerse en concordancia con disposiciones de orden nacional; la Asamblea de Antioquia, por tanto, está en IMPOSIBILIDAD LEGAL de disponer de las entradas que provengan de la Nación;

3°. La composición de la Junta de la Escuela de Ciegos y Sordomudos, se rige por la Resolución número 13 de 1942, emanada del Consejo Directivo de la Federación Nacional de Ciegos y Sordomudos. Aprobada por el Ministerio de Educación Nacional;

4°. Tanto el NOMBRAMIENTO DE PROFESORES Y EMPLEADOS como sus respectivas asignaciones, son de cargo de la Junta, constituida en la forma atrás citada, y

5°. Las prestaciones sociales de los empleados y profesores se harán en la forma prevenida por el Artículo 7° de la Ley 143 de 1938 y con la extensión allí indicada”.

CREACIÓN DE LA FEDERACIÓN NACIONAL DE CIEGOS Y SORDOS

Desde antes de 1938 se pensaba en la creación de una corporación que controlara el desempeño de las instituciones educativas dedicadas a la atención de los limitados sensoriales, antes durante y después del paso por la escuela. Dicho organismo de asistencia social sería un apoyo para la creación y sostenimiento de las escuelas creadas o proyectadas. La Junta Directiva estaría conformada por personas que estuvieran liderando proyectos educativos con los limitados sensoriales, además de los directores de las instituciones establecidas a partir de su fundación. De esta manera asegurarían una intervención más efectiva sobre la población referida.

La Federación Nacional de Ciegos y Sordos fue creada mediante el artículo tercero de la Ley 143 de 1938, y quedó integrada por un Consejo Directivo en el que participaban:

“[...] el Director del Instituto Colombiano para Ciegos de Bogotá, el Director de la Escuela de Ciegos y Sordomudos de Medellín, un delegado de la Escuela de Sordomudas de Cundinamarca, de las Hermanas de la Sabiduría, y un representante de cada una de las Juntas Directivas de estos establecimientos y de los demás institutos similares que se establezcan en el país”.

Entre los objetivos de esta corporación estarían: velar por la creación y desarrollo de las escuelas para ciegos y sordomudos; contribuir en la construcción de habitaciones y barrios para habitación o atención de los limitados sensoriales; diseñar estrategias tendientes a controlar o prevenir las limitaciones sensoriales visuales y auditivas; manejar la información, conservación o creación de asilos y casas de trabajo en las diferentes capitales del Departamento; y, apoyar y proteger a los ciegos y sordomudos acreedores de estos beneficios.

La Federación sirvió como una fuente de apoyos económicos para las instituciones que atendían a los limitados sensoriales visuales y auditivos, permitiendo la salida a las crisis financieras ocasionadas por la recesión económica de la Segunda Guerra Mundial. En el ámbito nacional realizó campañas de prevención de la ceguera; intervino en asuntos administrativos sobre las escuelas especiales puestas a su vigilancia; apoyó económicamente a los educadores para que se especializaran en sus disciplinas pedagógicas; construyó casas con destino a los ciegos y sordomudos.

Además, la Federación creó y apoyó la fundación de cooperativas de ciegos, como es el caso de la Cooperativa de Ciegos de Medellín, creada por la Escuela de Ciegos y Sordomudos, cuyas funciones empezó a suplir directamente desde 1946. Nueve años después, a través del decreto 1955 expedido el 15 de julio de 1955 se disuelve la Federación Nacional de Ciegos y Sordos y se crean el Instituto Nacional de Ciegos (INCI) y el Instituto Nacional de Sordos (INSOR). El primero, atendería la población limitada visual y el segundo a la limitada auditiva y cada una se encargaría de ejercer sus funciones por separado.

SITUACIÓN JURÍDICA DE LA ESCUELA DE CIEGOS Y SORDOMUDOS PARA 1942

Las disposiciones nacionales y departamentales, emanadas hasta 1942, resaltan el carácter nacional que tenía la institución. Recordemos que el decreto 22 de 1931, expedido por el gobierno de Antioquia, en su artículo 2° clausuró el Instituto, que venía funcionando como entidad departamental. A partir de esta disposición, la Escuela dejó de ser dependencia del Departamento.

Con la Ley 40 de 1931, la escuela entró a depender del Ministerio de Educación Nacional. La nación se encargaría de suministrar los dineros necesarios para el sostenimiento del plantel y dicho ministerio sería el encargado de legislar, en adelante sobre su organización y funcionamiento. Sin embargo, el Departamento continuará, en los años subsiguientes, dictando disposiciones referentes a la organización, y otorgando subvenciones a la Escuela, dándole de esta manera un carácter mixto en cuanto a su jurisdicción político administrativa. Con la Ley 143 de 1938, el gobierno unifica y sostiene, con dineros provenientes de los impuestos nacionales, todas las fundaciones existentes, dedicadas a la educación de limitados visuales y auditivos, y las que en lo sucesivo se fundasen.

En los decretos posteriores, el Gobierno Nacional tomó, por intermedio de los Ministerios de Trabajo, Higiene y Previsión Social y Educación, un control directo de estos establecimientos, considerados como “instituciones de utilidad común”. Además, emite normas sobre asuntos financieros, no solamente para las instituciones existentes sino para las que se establecieran en el futuro, asignando a la Contraloría General de la república jurisdicción fiscal para disponer normas, reglamentos sobre manejo, control, contabilidad y revisión de cuentas. Igualmente, el gobierno asume el control gubernamental sobre la organización interna de los planteles, ya que estas necesitaban previa evaluación y aprobación del gobierno nacional.

Con respecto a los maestros, la Asamblea Departamental de Antioquia dispuso, por el artículo 7° de la ordenanza 54 de 1942, que se extendieran, a los empleados del Instituto de Ciegos y Sordomudos, las disposiciones relacionadas con la jubilación departamental y, en general, el estatuto social de los trabajadores de este Departamento. Empero, la misma disposición agregaba que ello sólo tendría lugar, en caso de que los maestros fuesen nombrados por la Gobernación y que, en materia de sueldos, la Escuela cumpliera algunas exigencias legales.

Por otro lado, en 1942 la escuela empezó a orientarse con base en la Ley 143 de 1938, que constituyó a la Federación Nacional de Ciegos y Sordomudos, y, en los decretos del Ejecutivo Nacional, 1421 y el 1463, expedidos el 16 y el 20 de julio de 1942. Mediante dichas disposiciones se reglamentó la creación y funcionamiento de institutos para ciegos y sordomudos en el país, asignándole a la citada Federación las funciones de inspección y fiscalización de aquellas, y, “[...] como es natural, entra la institución en nueva reorganización independiente del Departamento por haber retirado este todos los auxilios”. Rigiéndose por los dictámenes antes mencionados, la escuela experimentó una reestructuración.

CAMBIOS PROPUESTOS EN LA SECCION DE LIMITADOS VISUALES

Estaba previsto que el ciclo de estudios para los invidentes se iniciaría a partir de los siete años de edad. Del diagnóstico elaborado por el personal de la institución, como muestra el cuadro 5.2, el proceso continuaría con dos años de Kindergarden y uno de primero, que podríamos llamar de aprestamiento o primer nivel.

El primer kindergarden sería atendido por una educadora y el segundo por un profesor. Durante los dos años de Kindergarden y el primer año de estudios, se trataría de estimular las funciones cognitivas, psicolingúisticas y psicomotoras básicas, necesarias para la adquisición de aprendizajes elementales. Éstos le posibilitarían, de acuerdo con los resultados del proceso, iniciar el segundo nivel de aprendizaje (1º a 4º de Primaria), garantizando así un buen desempeño durante los próximos cuatro años, tiempo que duraría éste, a diferencia de la primaria oficial, de cinco años.

Terminados los dos niveles, los educandos con posibilidades físicas, mentales y económicas proseguían sus estudios en diversos colegios de la ciudad, sitios a los que fueron integrados por sus padres o acudientes.

Ciclo de estudios para los invidentes

Grados o niveles

Edad de ingreso de 7 a 18 años

Kindergarten primer año

 

Kindergarden segundo año

 

Primer año

 

Primero de primaria

 

Segundo de primaria

 

Tercero de primaria

 

Cuarto de primaria

 

Fuente: Juan Antonio Pardo Ospina y Francisco Luis Hernández B., Nuestra lucha por los ciegos de Colombia, Medellín, 1948, páginas 54- 55

Paralelo a las actividades académicas, los educandos recibirían una educación profesional “dedicando unos al estudio de la música, otros recibiendo clases de comercio y de artes manuales”.

CAMBIOS PROPUESTOS EN LA SECCIÓN DE LIMITADOS AUDITIVOS

La permanencia de los limitados auditivos dentro de la institución sería de diez años; dos de aprestamiento, cinco de estudios académicos y tres de talleres, luego de lo cual deberían salir de la Escuela. En los siete años de estudios, se preparaba al educando para la adquisición del lenguaje hablado y de los contenidos correspondientes a cada grado, según las posibilidades del estudiante. Recuérdese que el objetivo educativo perseguido con esta población era el logro de la vocalización y expresión oral; por ello, no existía una reglamentación muy rigurosa, con respecto a la continuación del segundo ciclo de estudios, luego de haber pasado su primer nivel, o tiempo de aprestamiento. Con ellos se continuaba trabajando para lograr tal fin, a no ser que su dificultad psíquica fuera muy marcada. El cuadro 5.3 sobre los ciclos de estudio correspondiente a los limitados auditivos, señala la importancia que se le daba a la adquisición del lenguaje hablado y los pocos conocimientos académicos que se ofrecían.

Ciclo de estudios para los limitados auditivos

Grados

Aprendizaje de habilidades

Primer año de Kindergarden

Año de preparación y aprendizajes que le faciliten la adquisición del lenguaje.

Segundo año de kindergarden

Año de preparación y aprendizajes que le faciliten la adquisición del lenguaje.

Primero año de primaria

Adquisición de la lectura y de vocabulario practico

Segundo año de primaria

Mecanización de vocabulario común, aprendizaje de frases y canciones

Tercero año de primaria

Perfeccionamiento de la vocalización y el lenguaje habitual

Cuarto año de primaria

Aprendizaje de contenidos de cultura general

Quinto año de primaria

Sin contenido específico

Fuente: Juan Antonio Pardo Ospina y Francisco Luis Hernández B., Nuestra lucha por los ciegos de Colombia, Medellín, 1948, p. 56

Otro de los fines perseguidos por la institución era la instrucción de los limitados auditivos en un arte, al terminar el ciclo de enseñanza, tiempo en el cual los educandos estarían aptos para iniciar el aprendizaje de un arte. Los estudiantes permanecían tres años más, durante los cuales los varones aprenderían carpintería, zapatería, telares, imprenta, sastrería, entre otros. Las mujeres serían instruidas en corte, confección y lencería, bordado y tejido a mano, sombrería, tapicería, colchonería, elaboración de flores artificiales, cartonería, repujado en cuero, cobre y cartón, tejido de mimbre, jabonería, perfumería, tintorería, lavado y planchado, juguetería, jardinería, pintura, maquillaje, avicultura, apicultura, encuadernación y enfermería.

Las artes, nombre dado por el señor Hernández al aprendizaje de un oficio, como vimos en los capítulos anteriores, por su significado en la formación profesional de los educandos, tanto para los limitados auditivos como para los visuales, tendrá su propio nivel de exigencia. La calidad de los productos u objetos allí elaborados, hará que éstos gocen de bastante acogida. Las diferentes exposiciones realizadas por la escuela, o aquellas en las que participó, así como las condecoraciones y reconocimientos otorgados, señalan la calidad y esfuerzo que implicaban la ejecución de los trabajos manuales fabricados por los limitados visuales y auditivos.

Señala que desde muy temprano la escuela obtuvo reconocimientos y condecoraciones. Además nos muestra un aumento paulatino de los reconocimientos otorgados, a medida que transcurrió el desarrollo de la Escuela. Si nos guiamos por la cantidad de galardones recibidos en cada presentación, nos podríamos aventurar a afirmar que la calidad y perfección de los productos elaborados y expuestos fueron aumentando hasta llegar a su punto más alto en 1944. En dicho año, le otorgan cinco medallas; una de honor, tres de oro, y una de plata; dos diplomas, uno de honor y otro de segunda clase. En total le fueron conferidos ocho (8) premios.

Algunas exposiciones y premios otorgados a la escuela desde 1925 a 1944

AÑO

EXPOSICIÓN

CONDECORACIONES

1925

Exposición Nacional efectuada en Medellín

La Universidad de Antioquia le concede diploma de Honor de primera clase por los trabajos de esterillado de muebles y de sistema Braille.

1932

La Exposición Nacional de Pereira

El jurado calificador diploma de Honor de Primera clase y Medalla de oro por “los trabajos que presento y por lo que ellos contribuyen a la prosperidad de la industria nacional.

1938

 

Le confiere Diploma de Honor de Primera Clase y Medalla de oro en la última Esposición Nacional celebrada.

1942

Exposición realizada en Medellín

Medalla de Honor de Primera Clase y Medalla de oro.

1944

Exposición realizada en Medellín

Medalla de Honor de Primera Clase y Medalla de oro, Diploma de Honor de primera Clase y Medalla de oro, Diploma de Primera Clase y Medalla de oro y diploma de Segunda Clase y Medalla de Plata

Fuente: Revista Esfuerzo y Triunfo. Unión Tiflológica Hispano-Americana. Dirección y redacción Escuela de Ciegos y sordomudos Medellín, Colombia, año IV, enero, febrero, marzo. Nos 31,32 y 33. Año 1944, p. 4 .

nos muestra la gran variedad de productos expuestos por la escuela. No es de extrañar, entonces, que el pabellón por ella ocupado fuese uno de los más visitados, aplaudido y admirado durante los seis días que duraba la exposición de 1944.

Trabajos y labores manuales presentados por los alumnos de la Escuela de Ciegos y Sordomudos en la exposición Nacional efectuada en esta ciudad del 6 de enero al 12 de febrero de 1944.

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De tipografía e imprenta

Diccionarios de Braille; Zoología y Botánica; Gramática y Castellanas; Geografía Universal; Historia de la Tierra; Solfeo de los Solfeos; Ortografía Castellana; El cuerpo Humano; Colección de las Revista “Esfuerzo y Triunfo”.

Para videntes y como trabajos tipográficos

Primera parte de la obra “ La Nueva Orientación Pedagógica”; “Desfile de madres Antioqueñas y heroinas Colombianas”; Modelos de Diplomas; Membretes; Tarjetas; Talonarios; Almanaques; Folletones; Bultos para escritorio; Colección de la revista “Esfuerzo y Triunfo”.

Labores manuales de las niñas ciegas y sordomudas

Tapetes de esmirma; Cortinas de malla; flecos en macramé; carpetas en macramé; Bolsas en macramé; tejidos en agujas; vestidos para niñas; conopeos; sacos de lana; capitas para niños.

Tejidos en croché

Vestidos para niñas; sacos; carpetas; cojines; guantes; manteles en lomillo; dechados en lomillo; manteles bordados; sabanas de cortesía; manteles en frivolite.

En carpintería

Camacunas; taburetes; mesas; cuadros pequeños en talla; esterillado; tejido en mimbre.

En telares

Colchas de seda; colcha de hilos de mercerizados, imitando el sarape mejicano; colchas de hilo; toallas;carpetas de seda y de hilo; bolsas, hamacas; batas de baño; cobertores; dos rollos de dril.

Fuente: Revista Esfuerzo y Triunfo. Enero, febrero, marzo, 1944. Ano IV, Números 31,32,33. Anexos

Hasta la prensa extranjera estaba pendiente del desenvolvimiento de los estudiantes y profesores encargados de participar en dicha exposición, realizada en Medellín. Un artículo publicado por “El Colombiano”, en el que se reproducía otro tomado de Amigoe di Curacao, a su vez traducido de la prensa holandesa, sobre la exposición efectuada y las tareas que implicaba para los limitados visuales y auditivos la fabricación de tales productos. Acerca de la escuela y sus expositores se argumentaba lo siguiente:

“Asistencia social de ciegos y sordomudos.- Debo mencionar la concurrencia de otros expositores oficiales, tales como la escuela industrial de Medellín, el servicio cooperativo interamericano de sanidad, la casa de moneda nacional, el laboratorio Samper Martínez del Ministerio de Higiene, etc. Pero sobre todo era interesante el “stand” del Instituto de Sordomudos y Ciegos de Medellín, orgullosos y felices, profesores y alumnos demostraron al público lo que se puede hacer con paciencia mutua y esfuerzos infatigables, y cómo se puede librar de su aislamiento social a los desprovistos por la naturaleza. Niños ciegos, leyeron en voz alta un libro en escritura Braille, mientras el público verificaba lo leído. Otros tomaron un dictado para reproducirlo en Braille con la misma posibilidad de control. Otros ciegos tomaron dictado reproduciéndolo en una máquina de escribir ordinaria: evidentemente habían aprendido, en forma infalible, la colocación de las teclas. Y finalmente, un profesor hizo una demostración con un joven sordo, de una forma de conversación mediante un alfabeto de tacto, emocionante como ejemplo de lo que puede hacer la paciencia, la dedicación y la ingeniosidad para mitigar los sufrimientos humanos. Cómo si no hubiese guerra.”

ESTUDIOS MUSICALES PARA LOS ESTUDIANTES LIMITADOS VISUALES

Además de los contenidos académicos, acordes con los programas oficiales, los alumnos invidentes recibían clases especiales de música, manejo de instrumentos, e interpretación de obras clásicas. A comienzos de los años cuarenta, se enseñaba a tocar el tiple, la lira, la guitarra, e instrumentos de orquesta, entre los cuales se encontraban el violín, la flauta, piano y contrabajo. En 1944, y con el propósito de realizar ajustes a los cambios originados dos años antes “[...] don Francisco Luis Hernández, resuelve traer a la escuela tres profesores, Rafael Lince Bustamante para violín, al costeño Ismael Duque Iglesias, para piano, y, al señor Leonardo Sánchez Suárez para enseñar flauta.” Bajo la nueva propuesta los estudiantes tendrán más tiempo para sus ensayos musicales.

Los estudiantes, durante todo el año se preparaban para participar en el acto de clausura, celebrado al concluir el año lectivo. Las actividades duraban una semana aproximadamente, comenzaban con los exámenes finales y se terminaba con una función musical donde, como vemos en el cuadro 5.6, participaban estudiantes de ambos sexos y educadores, quienes interpretaban canciones de música clásica.

El acto de clausura de 1945, cuyas actividades se reseñan en dicho cuadro, inició el 6 de noviembre y terminó el 16 del mismo mes, con una selecta concurrencia, que incluía representantes de la Junta Directiva, delegados del Club Rotario, de la prensa escrita y de las radiodifusoras.

Acto de clausura celebrado en 1945 con el cual se terminan las labores de este año

 

Actividades

I.

Estreno del Himno de la escuela; letra de don José Solis Moncada. Música del profesor Ricardo Velásquez.

II.

Bourree (Halndel).- Solo de violín por la niña ciega Olga L. Pereira. La acompaña al piano el alumno ciego Jesús M. Valencia.

III.

Trio.-Nido de Águilas (Emil Istman)

IV.

Hojas Danzantes (Hoffmann). Solo de violín por la niña ciega Carmen Lucia Osorio.

V.

Presentación de la nueva orquesta, integrada por alumnos ciegos principiantes: Violines primeros: Isabel Zapata y Mercedes Osorio; Violín segundo; Francisco Guerra; Flauta: Jacobo Vergara. Al piano el alumno costarricense Alexis Quesada.

VI.

Cinquantaine (G. Marie).- Solo de violín por la niña ciega Ligia González. Al piano el profesor Velásquez.

VII.

Sonatina N° 9 Opus 36 (Clementi).- Ejecuta al piano la alumna ciega guatemalteca, Teresita Rodríguez.

VIII.

Souvenir (F. Drola). Solo de violín por el profesor ciego Rafael Lince. Al piano el profesor Velásquez.

IX.

Sonata (Handel). Solo de flauta por el profesor ciego Leonardo Sanchez. Al piano el Profesor Velásquez.

X.

Barcarola (Anillo de Hierro).- Coro.

XI.

Demostración de Radiotelegrafía, dirigida por el profesor ciego Leonardo Sánchez.

XII.

Las Dos Guitarras.

Fuente: Información sacada de la memoria presentada en 1945 por el director de la Escuela Francisco Luis Hernández Betancur al señor ministro de Educación, a la Honorable Junta Directiva del plantel y al señor gerente de la Federación Nacional de Ciegos y Sordomudos. A.C.F.L.H.B. s.f.

Con base en el análisis del cuadro anterior, se puede notar que el repertorio clásico era el medio para cautivar a los estudiantes en sus clases de música y para deleitar al público asistente a las clausuras anuales. Hasta tal punto que, terminado el programa, algunos temas eran repetidos a petición de los concurrentes. Emisoras como “La Voz de Antioquia” prestaron sus micrófonos, a través de los cuales los invidentes ofrecían sus conciertos. Por su capacidad de ejecución los invidentes se convertían en una sorpresa musical, admirada por todos los radioescuchas.

Con razón, argumentan algunos estudiantes de la época, al hablar de los actos de preparación y ensayo, en los diferentes cursos de música, que eran toda una faena de música y buen estilo. Otro ejemplo de los actos de clausura realizados por la Escuela en la década de los cuarenta fue el de 1946, según lo ilustra el

Acto de clausura celebrado con el cual se terminan las labores del año 1946

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Actividades

I

Obertura en FA (en honor del fundador y Director de la Escuela, Sr. Francisco Luis Hernández, obra original del Maestro de Capilla de la Institución, joven Jesús M. Valencia, ciego de 16 años de edad)

II

LOANDO A DIOS (Beethoven) coro a 4 voces.

III

DANZA ALEMANA (Mozart). (Solo de violín por el niño ciego Jacobo Vergara.- Acompaña al piano el niño ciego Horacio Rivera).

IV

CANTO A LA ALONDRA (Mendelss) coro a cuatro voces.

V

SONATA EN LA MAYOR (Haendel) Solo de violín por el profesor ciego Rafael Lince.

VI

AMAR Y SUFRIR (Jorda) actúa el tenor ciego Luis E. Ruiz

VII

VALS INFANTIL (Schuman) Quinteto de violines, a cargo de niñas ciegas. Dirige al piano la alumna ciega Teresa Rodríguez, de la republica de Guatemala.

VIII

SONATA (S.Schers). Solo de flauta por el profesor ciego Leonardo Sánchez.

IX

IDILIO DE LAS LUCIERNAGAS. Coro a 4 voces. Flauta Leonardo Sánchez. Al piano, J.M.Valencia

Fuente: Revista Esfuerzo y Triunfo. No 74, enero a julio 1947, p. 4 - 5.

Lo cierto es que un educando de la escuela podía culminar estudios y obtener conocimientos de cultura general y haber sido instruido en uno o varios instrumentos musicales. Es el caso del costarricense Alexis Quesada Solera, quien llegó a la escuela en 1943 y, para 1949, después de haber aprendido seis años de especialidad tiflológica y aprobado las especiales de ingles, radio telegrafía, musicografía, Braille, mecanografía, piano, solfeo, y organización de coros viajó de nuevo a su país natal.

La educación musical proporcionada por la escuela era avanzada, al punto que los alumnos más adelantados y aplicados podían culminar sus estudios y continuar como profesores de música dentro de la misma institución. En este sentido, podemos registrar varios casos. Uno de esos es el de Rafael Bran, a quien nos referimos con anterioridad y quien, en 1945, cuando contaba con doce años de edad, inició estudios musicales de solfeo y piano. Más tarde aprende acordeón. En 1952, acabados los estudios, se retira de la escuela y tres años después es llamado a reemplazar al entonces director de coros y orquesta, Jesús María Valencia, quien se había retirado para dirigir la orquesta de Cartago (Valle). Asi que el ex alumno Bran, inicia labores el 2 de mayo de 1955, en las clases de música, coros y orquesta.

A la llegada de Rafael Bran como profesor, se encontraban los siguientes educadores que, como él, también se formaron artísticamente dentro de la institución. Ellos fueron: Francisco Luis Ardila, profesor de piano; los hermanos Mario González y Carlos González, profesor de violín el primero, y de flauta el segundo; y, Manuel Sepúlveda, profesor de tiple y guitarra.

Los escolares, dentro de sus actividades académicas, en las tardes tenían mayor tiempo para practicar con los instrumentos musicales y preparar las presentaciones, las cuales continuaron gozando de la aceptación por parte del público en general. Algunas de ellas eran pagadas, por lo que, el dinero recogido era repartido entre los estudiantes ejecutantes de la música. Los alumnos que participaban en una presentación con ánimo de lucro, recibiendo algún tipo de remuneración, debían realizar sus ejecuciones, en forma gratuita, en aquellas presentaciones que no tenían cobro para el público asistente.

Las presentaciones musicales de la Escuela “[...] se realizaban a veces en los teatros Junín o Lido, en Bellas Artes, o en el Auditorio - Teatro de La Voz de Antioquia. Íbamos uniformados. También acompañábamos en las salves, (ceremonia que se hace donde se acompaña la orquesta), misas o trisagios (ceremonia de cuarenta horas, o tres días)”.

LA COLONIA DE VACACIONES

La Colonia de Vacaciones, sitio de recreación, descanso y trabajo ubicado en Santa Elena, fue creada para alojar a los estudiantes de la escuela que no podían ir a sus casas en época de vacaciones. Allí disfrutaban de un ambiente familiar, de distensión y de labores agrícolas. Inicialmente, se buscó que aquella sirviera como espacio de recreación y atención a niños con retardo mental. Los jóvenes serían distribuidos en dos secciones; una para atender a niños con dificultades del aprendizaje y otra para la estadía de los estudiantes regulares de la escuela. Al parecer, por razones administrativas y presupuéstales no se puso en marcha la atención a los niños con retraso mental.

La colonia se convirtió en el segundo hogar para aquellos estudiantes que, por diversos motivos, no podían regresar a sus casas en época de vacaciones. Algunos, por cuestiones de lejanía y dificultades económicas; otros, por descuido de los padres, pasaban años enteros sin recibir visitas ni enterarse de su familia; eran los que llamaban los abandonados (conformados por los huérfanos y los olvidados por sus familiares).

Rafael Bran, a quien nos referimos antes, comenta que: “A la colonia de vacaciones llevaban los huérfanos, o estudiantes que no tenían la posibilidad de ir a visitar a sus padres de familia. Se rezaba y se participaba en los programas de Semana Santa”.

En 1943, la colonia de vacaciones, ubicada a 2680 metros sobre el nivel del mar, recibió a la mayoría de los estudiantes de la escuela que, por una epidemia presentada a su interior, tuvieron que ponerse a salvo del contagio. Francisco Luis Hernández (hijo) ofrece algunos recuerdos relacionados con la vida cotidiana en la Colonia de Vacaciones, sitio al cual acompañaba a su padre. Veamos:

“¨Toribio¨, un camioncito donde cabían veinticinco personas fue donde don Francisco Luis Hernández transportó los estudiantes llevados a la colonia de vacaciones. Allí acudían los estudiantes extranjeros y los huérfanos o abandonados por la familia. En las mañanas salían a caminar los invidentes en compañía de un limitado auditivo, ensayaban los instrumentos musicales, jugaban ajedrez, y los vecinos de las fincas acudían a presenciar sus ensayos musicales y a verlos leer en Braille”.

EDUCADORES Y GRUPOS ESCOLARES A PARTIR DE 1950

La proporción de educadores limitados visuales, después de la primera década, fue en aumento, hasta el punto que, veinticinco años después de su fundación, éstos cubrían toda la planta de profesores requerida por la sección de invidentes. Veamos la siguiente cita, aparecida en la revista Semana:

“Educadores para 1950: Leonardo Sánchez, flauta y lenguas (invidente); Jesús Valencia, director de orquesta y corales. (inv.); Noé Herrera, director de grupo (inv.), Héctor Cadavid; idiomas y asesor técnico, (inv.), Ismael Iglesias; piano y braille (inv), Domingo Zoques Betancur (cubano) profesor de ciencias sociales (inv), Rafael Lince; violín y ciencias naturales. (inv), Francisco Luis Hernández B. (vidente)”.

Nótese que todos los docentes, a excepción del director eran limitados visuales, lo que no se cumplía con los profesores de la sección de limitados auditivos, quienes, a diferencia de sus alumnos eran oyentes. Años más tarde, en 1958, existía una proporcionalidad en el número de educadores limitados y no limitados. Por lo visto, la permanencia y duración de algunos en el cargo era larga (Leonardo Sánchez, Noe Herrera, Ismael Iglesias, Domingo Zoques, Rafael Lince), a juzgar por su continuidad, entre ambos años:

“Ismael Iglesias, ciego; Noe Herrera, maestro de grupo, ciego; Leonardo Sánchez, ciego; Domingo Zoques Betancur, profesor de sociales, ciego; Guillermo Zuluaga, maestro de grupo, vidente; Rafael Lince, ciego; Rafael Bran, ciego; Ligia Gaviria, maestra de sordomudos; Josefina Cadavid, maestra de ciegos; Elena Correal Uribe, maestra de sordos; Maria Eugenia Rua, maestra de sordomudos”.

Dos años más tarde, al momento de asumir la dirección de la escuela, la Comunidad de los Hermanos de San Gabriel, para un total de 110 estudiantes había 15 profesores, de los cuales cinco eran internos o alumnos maestros, que se habían distinguido por ciertas cualidades y, al terminar sus estudios primarios, continuaban como profesores.

Los educadores cumplían con unas responsabilidades asignadas por la coordinación y dirección del plantel, pero debían hacer hincapié en la buena marcha de la disciplina. Para hacer más fácil tal actividad, los estudiantes se dividían en dos secciones, a cada una de las cuales se le nombraba un coordinador de disciplina, quien cumplía a su vez con algunas responsabilidades administrativas, como era el manejo del personal perteneciente a su división.

Los directores auxiliares, o coordinadores de cada sección, tendrían como funciones, entre otras, colaborar con la organización, vigilancia y disciplina del plantel, y sostener reuniones con los educadores, para mejorar el desempeño de los mismos y asesorarlos en asuntos pedagógicos y disciplinarios.

Para ilustrar el papel que, como vigilantes debían cumplir los profesores, es útil traer a cuento el caso de los estudiantes Héctor Piedrahita, Willian Arango y Lucio Ridelo, del curso superior en las asignaturas de ciencias sociales, ciencias naturales y aritmética contratados como profesores en 1960, cada uno con una hora diaria y con una asignación de $30.ooo mensuales. Entre las funciones asignadas en el contrato, dichos profesores debían desempeñarse como auxiliares de vigilancia por turnos. En contraprestación, los alumnos serían eximidos del pago de la pensión mensual de $ 30.oo.

La institución tenía tres tipos de estudiantes: primero, estaban los becados por una entidad territorial, el Estado, una corporación o club Rotario, nacional o extranjero; segundo, los pensionados, quienes cancelaban mensualmente un dinero por su estadía; y tercero, un pequeño grupo, que no estaban becados ni pensionados, pero su manutención se hacía con los dineros aportados por los dos primeros grupos.

Al parecer existió por cada grado un grupo de escolares compuesto por no más de quince (15) educandos. Si nos guiamos por el cuadro 5.1, ya trabajado, las secciones no superaron los noventa escolares. El tiempo de mayor asistencia va de 1940 a 1945 fecha que coincide con la creación de la Federación Nacional de Ciegos y Sordomudos. Según dicho cuadro 1941 fue el más asistido, con un total de 165 limitados sensoriales atendidos, ochenta y cuatro (84) limitados auditivos y ochenta y un (81) invidentes. La temporada que va de 1949 a 1960 evidencia una constante en el total de educandos atendidos por año.

el tipo de educación brindada a los estudiantes, en 1958, por la cantidad de asistentes pertenecientes a cada grupo fue personalizada, posibilitando un seguimiento académico y comportamental del estudiante.

Grados por secciones:

Sección limitados visuales, grados y número de estudiantes por grupo

Grados

Educador(a) encargado (a)

Alumnos por grupo

Año primero

Josefina Cadavid

8

Año segundo

Guillermo Zuluaga

11

Año tercero

Hernando Aguilar

6

Año cuarto

Rafael Lince

6

Año quinto

Noé Herrera

8

 

Ciego en observación

1

 

Ciego ausente

1

Total estudiantes

 

41

Fuente Revista Luz y Verbo. Organo informativo de la escuela de Ciegos y Sordomudos. Director Francisco Luis Hernández B. Redactor Humberto de Castro. Medellín, junio de 1958. Pág.185.).

Los limitados auditivos del mismo año, como señala el cuadro 5.9, mostraron un mejor nivel de asistencia, en comparación con los invidentes atendidos; llama igualmente la atención que el número de estudiantes por grupo no era homogéneo.

Cuadro 5.9

Grados por secciones:

Sección de limitados auditivos, grados y número de estudiantes por grupo

Grados

Educador (a) encargado (a)

Alumnos por grupo

Año infantil

María E. Rúa

20

Año primero

Ligia Gaviria

11

Año segundo

Aníbal Montoya

8

Años tercero y cuarto

Elena Correal

15

 

En diversos oficios

3

Total estudiantes

 

57

Fuente: Revista Luz y Verbo. Organo informativo de la escuela de Ciegos y Sordomudos. Director Francisco Luis Hernández B. Redactor Humberto de Castro. Medellín, junio de 1958. Pág 185).

CONSEJO DE PROFESORES

El Consejo de Profesores ha existido desde los comienzos de la escuela y ha contribuido a la buena marcha del establecimiento. Lo integran todos los educadores que sirven en la escuela. En él se discutían los diversos métodos de enseñanza, los procedimientos más apropiados para las estrategias pedagógicas, problemas disciplinarios, programas de estudio, los diversos caracteres de los estudiantes, de igual manera se ponían de acuerdo sobre las programaciones de la institución.

VIDA COTIDIANA AL INTERIOR DE LA ESCUELA Y HORARIOS DE ESTUDIO

Al interior de la escuela se vivió un ambiente de calor humano y de servicio. El trabajo de todos los miembros de la comunidad educativa se destacó por el orden y la disciplina. Las jornadas diarias comenzaban muy temprano, después del baño matutino. Continuaban con el desayuno y las clases, hasta las nueve y media, cuando se pasaba a un descanso de media hora, o media mañana, en el que recibían un café, banano o naranja, según las despensas de la escuela. Terminado el descanso continuaban las actividades académicas hasta el medio día, hora del almuerzo, que “como un relojito se servía puntual a las doce meridiano”.

Los pensionados gozaban de mejor alimentación, ya que eran quienes pagaban la comida servida a los demás educandos. Media hora del almuerzo, los estudiantes salían a descanso, en el patio localizado al frente de la escuela, hasta la una y media, cuando continuaban estudios. Dos horas más tarde, siendo las tres y media, daban el algo, en el que, según lo recuerda Rafael Bran:

“[...] había días que nos repartían arroz con leche, otro banano, mazamorra o chocolate. Una hora más tarde, a las 4½, terminado el descanso, continuaban con la hora del coro, espacio donde se montaban las obras clásicas, temas de Beethoven, Perozzi, Bootazo, Tomas Ela Victoria, etc. El repertorio incluía música religiosa y algunos temas clásicos. Competíamos con el coro del Orfeón Antioqueño. La escuela obtuvo el segundo puesto en coros de Antioquia”.

Además de las actividades académicas, los escolares jugaban y se recreaban. Al no existir canchas dentro de la institución, ni espacios amplios para hacer actividades físicas, especialmente el fútbol, entre los estudiantes acondicionaron detrás de la cocina, en un patio, una improvisada cancha adaptada para tal fin. Un tarro servía de balón. Los goles apaciguaban un poco los dolores ocasionados, por los golpes propiciados por el improvisado balón, o por los choques entre jugadores, que al buscarlo se encontraban con su adversario o compañero de juego. También se practicaban rondas infantiles, dinámicas propias de niños y adolescentes, dominó, tute, damas chinas y ajedrez, entre otros. Las memorias de Rafael Bran son bastante ilustrativas al respecto:

“En un patio ubicado detrás de la cocina se jugaba fútbol con un tarro, dominó, tute, damas chinas y ajedrez. Los sábados, después de las once [de la mañana] los estudiantes quedábamos libres hasta el lunes a las 7 de la mañana. Los que no salíamos algunos sábados, solíamos ir con don Francisco Luis Hernández detrás de la escuela, donde había palos de mangos y guamas, para hacer rondas y juegos infantiles. También se podía dormir y descansar si así lo quisiesen”.

Las dificultades e inconvenientes presentadas entre estudiantes, como discusiones y peleas se resolvían a golpes, donde en ocasiones los adversarios terminaban con la nariz reventada. “Hasta nos tirábamos piedras cuando la situación lo ameritaba”, dice Rafael Bran.

No faltaban los brotes de indisciplina y jóvenes tomadores de pelo como Rafael Bran, a quien ni el propio director se le escapaba de sus remedos. Así lo recuerda la hija de Francisco Luis Hernández: “Compañeros, educadores y sacerdotes hacían parte de sus parodias espontáneas que si no lo estuvieran viendo lo podrían confundir con la persona aludida”.

Los castigos por indisciplina, a menudo los pagaban unos adolescentes y jóvenes en plena flor de su mocedad, y según la falta era el castigo. Los más comunes fueron: “Ponerse de pie, (párese aquí). Se comía o se acostaba después de los demás, o con ser el último en salir a descanso. En caso de ser muy grave la falta, se quedaba un mes sin descanso”.

Los estudiantes y educadores le profesaban un gran respeto al director. Cuando Francisco Luis Hernández tosía antes de entrar al aula de clase, todos nos quedábamos quietos:

“[...] ahí llegó el director, decíamos. Siempre nos hacía saber cuando estaba de buen o mal genio porque expresaba “hoy estoy de mal talante o hoy estoy de buen talante”, y cuando se encontraba de mal talante no le importaba regañar al que fuera en presencia del que fuera y cuando no, los llamaba y les hablaba sobre su falta. El mayor castigo para cualquier estudiante era llevarlo donde el director”.

A pesar de las recriminaciones y llamados de atención hechas por el director, a educadoras que a veces imponían su ley a través de castigos dolorosos, no faltaba quien reprendiera las impertinencias y actos de indisciplina, ocasionados por los estudiantes con correazos. Fueron famosos entre los estudiantes los azotes de las profesoras Emilia Quintero, de religión, y de Isabel Céspedes. La primera daba clases en la sección de invidentes y la segunda en la de sordomudos. Recuerda Rafael Bran que, “[...] cuando uno estaba comportándose mal, ¡taque!, un fuetazo. A veces en la fila del rosario se oía un guarapazo, ¡tan!. En ocasiones la profesora pasaba y no faltaba alguien que expresara en voz baja “me libré”. En cierta ocasión, al pasar la profe, un compañero dijo “me libré” y ella preguntó ¿de qué se libro niño?. Y, ¡tan!. Le pegó su reglazo”.

Cuando un niño se quejaba con el director sobre este tipo de situaciones, él las llamaba y les decía: “[...] señorita, hágame el favor y no me trate a los niños así. No le permito eso. Aquí no estamos acostumbrados a castigar los niños con castigos de dolor, ni con correas, ni con reglas”.

Otra anécdota que ilustra acerca de la importancia de la disciplina y del carácter de algunos profesores, es la relatada por el ex alumno Rafael Bran, refiriéndose al profesor Leonardo Sánchez, persona de gran carácter, quien algunas veces exageraba sus medidas y cuando un estudiante cometía una infracción disciplinaria,

“[...] nos pedía las laticas de buen rendimiento disciplinario, ganadas. Nos las votaba, las arrojaba por las ventanas al jardín y si te chocabas con el profesor Domingo Zoques Betancur, cubano, muy formal y tratable, quien tenia en gran aprecio a los sordomudos, recibías un regaño. El decía: “oye tú, que no oyes”. Le tocaba a uno hacer hu, hu, oc, oc, expresiones guturales y él decía “sigue mudito”.

Entre las normas de convivencia más importantes que las directivas trataban de mantener, vale destacar la que se refiere al respeto de las creencias religiosas y formas de pensar de los estudiantes. Comulgar y confesarse eran acciones voluntarias, dejadas a la propia voluntad del estudiante y nunca la institución trató de imponerlas. Y aunque la escuela contaba con un capellán, y se trataba de garantizar a los estudiantes católicos la realización de sus sacramentos, se presentaban divergencias entre directivos y docentes con respecto a este asunto. Por ejemplo, en 1948, año en que el director de la escuela salió de viaje para Europa, España y Francia, se presentó una situación que es relatada por un ex alumno de la Escuela:

“Llegó el momento en que las educadoras lo mandaban a uno, los viernes, a comulgar y confesarse; si no lo hacía tenía mala conducta, para ellas. Un estudiante, ya mayor, se quejó con el capellán y éste contestó “no pueden ser obligados a hacer eso si ustedes no quieren”. Entonces, el capellán llamó a las profesoras y les dijo, tengo esta queja... y les contó. Ellas no se quedaron con la queja y luego fueron a preguntar quién fue el de las quejas y lo castigaron por dos días a comer después de los demás. De esto se entero el director, y él me levanto el castigo. Les llamó la atención por obligar a los estudiantes a hacer cosas que ellos no sentían, ni tenían la disposición para hacer. Ellos sólo lo harán en el momento en que tengan disposición. Terminó diciéndoles” .

Por otra parte, en el recuerdo de los estudiantes quedan imágenes muy diversas sobre los profesores que destacan algunas de sus cualidades. Veamos:

“Ismael Iglesias, alegre, cantaba en las tempestades y como todo buen costeño era feliz.

Noe Herrera, educador enérgico, de gran temple. Leonardo Sánchez, de gran carácter, de pronto exagerado en sus medidas, fue buen músico.

Domingo Zoques Betancur, cubano, muy formal y tratable, quería mucho a los sordomudos, ex seminarista, buen compañero de trabajo, lo querían mucho como educador, servicial.

Rafael Lince, profesor de música, buen compañero de trabajo, buen negociante. Ligia Gaviria, de Don Matías, maestra de sordomudos, quebradora. Tenia mucha suerte para los enamorados.

Josefina Cadavid, maestra de ciegos, me colaboro a meter la pata, muy querida, buena profesora, excelente compañera de trabajo.

Elena Correal, viuda, profesora de sordomudos. Y María Eugenia Rua, maestra de sordomudos.

Horario general para 1959

Hora

Actividad

5:30. Am

Baño de mayores y vigilantes

5.00.

Baño de medianos y pequeños

6:30.

Estudio libre

7:00.

Santa misa

7:45.

Desayuno

8:00.

Clases

9:45.

Descanso

10:15

Clases

11.00

Descanso

11:15

Estudio y revisión de aseo

12:00.m

Almuerzo

12:30 pm

Descanso

1:30.

Clases

3:15

Algo y descanso

3:45.

Clases

4:30

Descanso

4:45

Estudio

5:30

Aseo y descanso

5:40

Santo Rosario

6:00

Comida

6:30

Descanso

7:15

Estudio general

8:15.

Preparación para acostarse

8:30

Toque de silencio y oración nocturna

Revista Luz y Verbo . Órgano informativo de la Escuela de Ciegos y Sordomudos, Medellín Junio de 1958, p. 185

El horario del internado superaba las doce horas de trabajo y, como podemos ver en el cuadro 5.10, los estudiantes estaban ocupados la mayor parte del día.

A los profesores, tanto de sordos como de invidentes, al comenzar el año se les asignaban las direcciones de grupo y se les entregaba el plan de trabajo correspondiente. Así mismo, se les indicaban los métodos que debían emplearse. En el caso de los sordomudos, se asignaba a los profesores “las normas para la enseñanza del vocabulario, para la lectura labial, para la conversación corriente, así como el lenguaje mímico a que debe ceñirse el profesor, sin que esto quiera decir que este plan y todo lo relativo a él, sea un anillo rígido del cual no pueda salirse el profesor para poner en juego sus iniciativas pedagógicas, los procedimientos que mejor resultados le hayan dado en épocas anteriores”

La vigilancia del internado, tanto en los días de trabajo como en los festivos, se hacía por turnos entre los maestros, los cuales, a su vez, eran vigilados por el mismo director, Francisco Luis Hernández. El Capellán, estaba encargado de celebrar la misa diariamente; celebrar la Semana Santa y el Corpus Christi. Los jueves, cada ocho días, en compañía del director, el capellán visitaba los grupos.

Fuera de los maestros, la Escuela contaba con un tesorero, y un encargado de la ropa, quien a su vez inspeccionaba los empleados del aseo y cuidaba del orden de los dormitorios. El servicio de cocina estaba a cargo de un jefe, ayudado por dos empleados que se encargaban de preparar los alimentos. El aseo general del internado estaba a cargo de un empleado, quien recibía la colaboración de un limitado auditivo. Existía un chofer, para el transporte de estudiantes externos. Los talleres de zapatería, peluquería y esterillado eran dirigidos por un limitado auditivo quien además colaboraba en su vigilancia.

CONTROL DISCIPLINARIO Y ACADÉMICO EN LOS AÑOS CINCUENTA

El diseño de turnos de vigilancia fue una estrategia tomada como un sistema de control, “para prevenir faltas, encauzar al estudiante por el camino de la moral, del orden, de una racional y pedagógica disciplina que permitiera el progreso y la buena marcha del plantel”. A los educadores, les eran asignados un día a la semana para el acompañamiento disciplinario, en el cual debían anotar los hechos más sobresalientes acaecidos en su vigilancia. Luego las faltas eran estudiadas por el director, quien se encargaba de hacer las amonestaciones pertinentes.

Sus funciones estaban encaminadas a obtener el mejor comportamiento de todos y cada uno de los alumnos. Los profesores vigilantes aconsejaban a sus colegas para que cumplieran con los deberes impuestos en la escuela; igualmente colaboraban en el orden del aseo y velaban por el buen estado de los materiales pertenecientes a la institución.

A los educadores se les pedía preparar muy bien las clases y el material didáctico requerido para las mismas. Como un sistema de retroalimentación entre los estudiantes y los profesores, se tenía un monitor por cada asignatura, llamados jefes de asignatura,

“[...] quienes tenían el deber de tomar atenta nota de los puntos expuestos por los maestros en el curso de las lecciones, con lo cual se estimulaba al profesorado a precisar muy bien sus temas, objeto de la lección y a preparar muy bien las clases. En mitad de semana estos jefes de asignaturas se encargaban de dirigir el repaso de los temas tratados e informaban a los respectivos profesores sobre las lagunas que hayan quedado en las materias de las cuales son responsables, pero siempre con la vigilancia del maestro de grupo”.

La tarjeta personal de cada niño o la tarjeta de matrícula, era un sistema de recolección de información, y, a la vez, un instrumento que servía para el análisis del educando, donde se consignaban sus actitudes y aptitudes. En ella, el director de grupo registraba las manifestaciones afectivas, morales, y psíquicas, los intereses predominantes y los hábitos del estudiante.

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